Para sostener sus privilegios a costa del pueblo trabajador, los capitalistas apelan a toda clase de recursos. El engaño y la cooptación son herramientas fundamentales para su dominio. Pero, además, tienen siempre, como algo fundamental, su recurso más preciado y necesario: la violencia organizada contra los explotados.
La propaganda a favor del sistema y de sus gobiernos, la entrega de dádivas cuando hay mucha necesidad, la puesta en funcionamiento de todo el aparato democrático-electoral (por medio del cual se llama al pueblo a elegir entre distintos representantes de la clase dominante) son todos mecanismos por medio de los cuales los capitalistas buscan conseguir consenso. De esta forma, buscan que los explotados nos sintamos parte y consideremos como inevitables y hasta beneficiosos, a los capitalistas y sus representantes políticos. Pero hay otra herramienta que sostiene todo este andamiaje de dominio, y a la cual la burguesía apela cada vez que se les presenta la necesidad: el uso de la fuerza contra los explotados.
La violencia contra el pueblo es sistemática. Desde chicos, en cada barrio, sufrimos los aprietes de los punteros de los partidos patronales, y las detenciones y golpizas de la policía y demás fuerzas de seguridad. La vida diaria está llena de una violencia que amenazan con descargar contra todo aquel que no acepte las reglas del juego. Lo mismo sucede en el trabajo, donde los patrones tiene a su servicio a burócratas y buchones que se encargan de patotear a todo el que saque los pies del plato.
Y si toda esta violencia está presente a cada paso, como recurso preventivo para evitar que nos organicemos, el uso de la fuerza se multiplica cuando se trata de poner freno a quienes no nos resignamos y luchamos contra las condiciones de explotación y miseria a las que estamos sometidos.
Todo compañero que ha pasado por la experiencia de organizarse en su lugar, en su trabajo, en su barrio, en su ámbito de estudio, sabe que las presiones contra su actividad son enormes. A las amenazas de sanciones, despidos, descuentos y demás, se suman rápidamente, si el proceso de organización y lucha se profundiza, el envío de patotas, los procesamientos judiciales, y cuando ni uno ni otro son suficientes, la intervención en pleno del estado y sus fuerzas represivas que atacan y encarcelan a los luchadores.
Basta con mirar alrededor y observar los procesos de lucha para ver la intervención violenta de los capitalistas, sus burócratas y su estado, buscando aplastar la organización y lucha del pueblo trabajador. Así, por ejemplo, cuando los trabajadores del subte se organizan, los empresarios de Metrovías y la policía (bajo órdenes del gobierno) dan paso libre a las patotas de la burocracia de la UTA para intentar desactivar su lucha. Cuando se avanza en la lucha contra los empresarios (como sucedió en Kraft contra la patronal yanqui), el gobierno sale a defenderlos desplegando grandes operativos represivos y descargando su violencia contra los trabajadores. En muchos casos también (como sucedió con delegados del subte, en Zanón, en Las Heras y muchos otros lugares), lo que hacen es mandar grupos paraestatales para amedrentar a balazos y con golpizas a los sectores organizados. En fin, sea como sea, en la medida en que la organización y la lucha del pueblo trabajador avanzan, la respuesta de los capitalistas es, una y otra vez, la violencia organizada.
En contraposición, el pueblo trabajador tiene la necesidad de organizarse para enfrentar la violencia de los patrones, los burócratas y el estado. Tanto en nuestro país como a lo largo del mundo, tenemos innumerables experiencias de lucha obrera y popular que constituyen una tradición de pelea contra la violencia del sistema.
La necesidad de reconocer la violencia del capitalismo y organizarse para enfrentarla, es central para la lucha de nuestro pueblo.
Como decíamos más arriba, en el marco en el que vivimos, prácticamente no existe la posibilidad de avanzar en la organización y la lucha popular si no es enfrentando a cada paso la violencia de los capitalistas y sus socios. En cada paso, desde la elección de un delegado antiburocrático, hasta la organización de la lucha contra las patronales y el gobierno de turno, se nos plantea la necesidad de enfrentar la represión estatal y paraestatal.
Todo el repetido discurso sobre las supuestas garantías de la democracia y del respeto a los derechos humanos se desvanece cuando aparece en escena la lucha del pueblo trabajador. Las miles de causas judiciales contra los activistas, el asesinato de numerosos luchadores populares (sólo durante el kirchnerismo fueron asesinados Cuéllar, Erazo y Fuentealba), la repetida intervención de las patotas de la burocracia y de la represión estatal, la multiplicación de los presos políticos, son todas muestras de cómo se sostiene la violencia de clase contra el pueblo trabajador.
Y si esto es así en cada pelea que se libra en el terreno sindical o social, lo mismo se repite, a mayor escala, cuando se trata de la lucha contra el sistema en su conjunto, para conquistar una nueva sociedad que acabe con la explotación capitalista.
La defensa de los privilegios de los poderosos descansa, siempre, en el uso de la violencia contra el pueblo. No enfrentarlos conlleva, inevitablemente, a perpetuar la explotación y el sometimiento del pueblo trabajador. Por el contrario, asumir la lucha por la liberación de la clase trabajadora frente a la explotación capitalista, requiere, necesariamente, que nos preparemos para enfrentar y vencer la violencia del sistema y de sus fuerzas represivas estatales y paraestatales.
Toda la experiencia revolucionaria nos señala esta necesidad. Tanto en Rusia, como en China, Vietnam, Cuba, o Nicaragua, por nombrar los ejemplos revolucionarios más destacados, la lucha por la toma del poder y en defensa del poder revolucionario tuvo que hacerse enfrentando la intervención violenta de la burguesía local e internacional que entrenó y financió fuerzas represivas oficiales y grupos paramilitares para intentar frustrar los procesos de lucha por la transformación social. Y si todos estos procesos pudieron erigirse como grandes ejemplos de lo que puede llegar a hacer el pueblo trabajador en su lucha revolucionaria, aplastando a las fuerzas represivas de los capitalistas y tomando el poder, es porque llevaron adelante una lucha a fondo contra la dominación de la burguesía, asumiendo la necesidad de enfrentar la violencia que indefectiblemente el sistema despliega contra quienes buscan cambiar la sociedad.
Lo mismo sucede hoy en nuestro país. Decíamos que la organización cotidiana en el marco de la lucha popular nos plantea la necesidad de organizarnos y enfrentar la violencia de las patronales, los burócratas y el estado. Del mismo modo, la organización paciente con la perspectiva de un cambio de fondo, de una verdadera transformación revolucionaria, nos plantea la necesidad de organizarnos tomando conciencia y preparándonos para una lucha que implicará el combate contra los capitalistas y sus fuerzas represivas. En este sentido, los militantes comprometidos con la revolución socialista tenemos como una tarea central, en la actualidad, la construcción de una organización que nuclee a quienes asumimos la necesidad de librar es combate contra el capitalismo: el partido de los trabajadores revolucionarios.