Haití es tierra arrasada. Ocupado militarmente por el ejército norteamericano y los cascos azules, devastado por el terremoto que mató a 250.000 personas, y marcado por una historia de intervención militar y dependencia político económica, el pueblo de Haití sobrevive en las peores condiciones de miseria y desesperación. 
Haití es el país más pobre del continente. Ha sido sometido por los más poderosos países de Europa y EEUU al atraso y la dependencia económica. En junio pasado la deuda externa contraída principalmente con el FMI (Fondo Monetario Internacional) y el BID (Banco Interamericano de Desarrollo) llegaba a los 1.884 millones de dólares. Eso por ahora, que aún no se ha iniciado el gigantesco negocio de la reconstrucción, sobre el que ya disputan las potencias imperialistas.
La miseria afecta a la enorme mayoría de sus 9 millones de habitantes. Antes del terremoto la expectativa de vida era de 52 años, la mortalidad infantil de 77‰, mientras el 50% vivía con menos de un dólar y el 75% con menos de dos dólares diarios.
El atraso y la dependencia marcan una economía centrada en las remesas que envían los haitianos que huyeron hacia el exterior y en donde el 55% de los productos alimenticios para el consumo básico deben ser importados.
Sólo una minoría de burgueses locales, socios menores de las multinacionales, vive en el lujo, encerrada en sus barrios privados que cuentan ahora con vigilancia militar internacional.
Una historia de intervención y dependencia
La injerencia norteamericana sobre Haití ha sido permanente. Puede remontarse hasta los inicios mismos de la vida independiente de ese país, cuando EEUU brindó su apoyo a Francia en su lucha contra la independencia haitiana (1791-1804) y en sus intentos de restaurar el dominio de Napoleón Bonaparte. Desde entonces los norteamericanos impusieron sanciones económicas faustuosas junto a Francia, ocuparon y gobernaron directamente Haití entre 1915 y 1934, manipularon los distintos gobiernos estableciendo las dictaduras de los Duvalier primero, entre 1957 y 1986, y luego democracias que fueron manejadas a discreción por los EEUU, quienes se encargaron de sacar y poner presidentes, derrocarlos, llevárselos del país y volver a ponerlos en función de sus necesidades.
En este curso, los EEUU volvieron a la intervención directa por la vía militar en 2004, desplegando tropas y sacando ellos mismos del país al presidente haitiano en lo que llamaron la operación “mañana seguro”. Cientos de haitianos fueron asesinados entonces por las tropas estadounidenses.
Esta injerencia militar norteamericana sobre Haití se dio en el marco de la ampliación del guerrerismo post 2001 que viene teniendo como centro la invasión y ocupación militar de Irak y Afganistán. Pero en su escalada internacional, los EEUU pronto se vieron desbordados por la magnitud que adquirió la resistencia antimperialista en Medio Oriente y decidieron el envío masivo de tropas hacia Irak y Afganistan, movilizando hacia allá numerosos contingentes militares apostados en distintos lugares del mundo. Ante esa situación los EEUU organizaron su reemplazo en Haití, dejando la ocupación a cargo de la ONU. Para ello, junto a numerosos estados del mundo, también los latinoamericanos han dado su buena cuota de militares, policías y demás fuerzas de ocupación. Allí, como parte de la Minustah, vienen sosteniendo efectivos los gobiernos de Lula (Brasil), Tabaré (Uruguay), Evo Morales (Bolivia), Rafael Correa (Ecuador), Bachelet (Chile), Funes (El Salvador), Lugo (Paraguay), A. García (Perú), Uribe (Colombia), y, por supuesto, Cristina Fernández.
Desde 2004 esta fuerza conjunta entrena y dirige a las fuerzas de seguridad locales y garantiza ella misma la ocupación militar sobre Haití, que se ha cobrado centenares de muertos, además de las infinitas denuncias por violaciones, torturas y demás que estas mal llamadas “tropas de paz” tienen allí y a lo largo del mundo. Tras una elección controlada por la ONU en 2006 asumió un nuevo presidente, pero manteniendo hasta ahora la ocupación militar.
Del terremoto a la vuelta de la invasión norteamericana
Luego del terremoto del 13 de enero, con lo que parecería ser una desgracia apocalíptica desconectada de su contexto social, los grandes medios de comunicación parecen descubrir ahora el desastre en Haití.
Allí están desde canal 7, que encubre sistemáticamente la gravedad de la ocupación de la que participa el gobierno argentino, hasta la CNN, promotora de la expansión militar yanqui en el mundo. Unos hablan de sus “cascos azules” y lloran a un gendarme que se encargaba de instruir a una de las policías más sangrientas del continente, evitando consignar los cientos de haitianos muertos bajo los fusiles de sus “tropas de paz”. Los otros encubren a sus estados imperialistas que, al tiempo que se ufanan de enviar “ayuda humanitaria”, se preparan a iniciar el fabuloso negocio de la reconstrucción. Con ello, como lo hacen en Irak, empresarios y banqueros internacionales descargarán sobre el pueblo haitiano una pesada deuda impagable, obligándolos a extender su dependencia.
Poco y nada dicen sobre lo que podría haber hecho Haití frente a un terremoto si no fuera la nación pobre que le han obligado a ser, sometida por los EEUU y ocupada por sus pequeños socios como Argentina. Los miles de hombres que se hubieran salvado si allí hubiera hospitales, médicos, rutas, aeropuertos; si allí hubiera planificación social y previsión de los acontecimientos. Pocos recuerdan, por ejemplo, que ante un mismo fenómeno natural como los huracanes que azotan a todo el caribe, en los últimos años vienen muriendo 260 haitianos por cada fallecido que hay en la isla de Cuba, que aunque tiene pocos recursos, se preocupa por su pueblo y planifica la reacción ante los golpes de la naturaleza.
Ahora, con la excusa del terremoto, junto a la Minustah de la ONU, se han vuelto a instalar las tropas yanquis con un despliegue espectacular de efectivos y tecnología militar, en lo que promete ser una nueva etapa de la ocupación sobre Haití, esta vez sin intermediaciones de los socios menores como Argentina o Brasil. La vuelta a la ocupación directa que, como afirmó el coronel Kane, perdurará “el tiempo que se necesario”, además de servir como garantía de los empresarios norteamericanos para sus negocios en la reconstrucción, es un nuevo paso de EEUU en su política de extensión regional para el control de los recursos y el combate a todas las formas de resistencia, sumándose al impulso de la IV Flota y al despliegue de cada vez más bases en el continente, particularmente en Colombia.

Haití es el país más pobre del continente. Ha sido sometido por los más poderosos países de Europa y EEUU al atraso y la dependencia económica. En junio pasado la deuda externa contraída principalmente con el FMI (Fondo Monetario Internacional) y el BID (Banco Interamericano de Desarrollo) llegaba a los 1.884 millones de dólares. Eso por ahora, que aún no se ha iniciado el gigantesco negocio de la reconstrucción, sobre el que ya disputan las potencias imperialistas.
La miseria afecta a la enorme mayoría de sus 9 millones de habitantes. Antes del terremoto la expectativa de vida era de 52 años, la mortalidad infantil de 77‰, mientras el 50% vivía con menos de un dólar y el 75% con menos de dos dólares diarios.
El atraso y la dependencia marcan una economía centrada en las remesas que envían los haitianos que huyeron hacia el exterior y en donde el 55% de los productos alimenticios para el consumo básico deben ser importados.
Sólo una minoría de burgueses locales, socios menores de las multinacionales, vive en el lujo, encerrada en sus barrios privados que cuentan ahora con vigilancia militar internacional.
Una historia de intervención y dependencia
La injerencia norteamericana sobre Haití ha sido permanente. Puede remontarse hasta los inicios mismos de la vida independiente de ese país, cuando EEUU brindó su apoyo a Francia en su lucha contra la independencia haitiana (1791-1804) y en sus intentos de restaurar el dominio de Napoleón Bonaparte. Desde entonces los norteamericanos impusieron sanciones económicas faustuosas junto a Francia, ocuparon y gobernaron directamente Haití entre 1915 y 1934, manipularon los distintos gobiernos estableciendo las dictaduras de los Duvalier primero, entre 1957 y 1986, y luego democracias que fueron manejadas a discreción por los EEUU, quienes se encargaron de sacar y poner presidentes, derrocarlos, llevárselos del país y volver a ponerlos en función de sus necesidades.
En este curso, los EEUU volvieron a la intervención directa por la vía militar en 2004, desplegando tropas y sacando ellos mismos del país al presidente haitiano en lo que llamaron la operación “mañana seguro”. Cientos de haitianos fueron asesinados entonces por las tropas estadounidenses.
Esta injerencia militar norteamericana sobre Haití se dio en el marco de la ampliación del guerrerismo post 2001 que viene teniendo como centro la invasión y ocupación militar de Irak y Afganistán. Pero en su escalada internacional, los EEUU pronto se vieron desbordados por la magnitud que adquirió la resistencia antimperialista en Medio Oriente y decidieron el envío masivo de tropas hacia Irak y Afganistan, movilizando hacia allá numerosos contingentes militares apostados en distintos lugares del mundo. Ante esa situación los EEUU organizaron su reemplazo en Haití, dejando la ocupación a cargo de la ONU. Para ello, junto a numerosos estados del mundo, también los latinoamericanos han dado su buena cuota de militares, policías y demás fuerzas de ocupación. Allí, como parte de la Minustah, vienen sosteniendo efectivos los gobiernos de Lula (Brasil), Tabaré (Uruguay), Evo Morales (Bolivia), Rafael Correa (Ecuador), Bachelet (Chile), Funes (El Salvador), Lugo (Paraguay), A. García (Perú), Uribe (Colombia), y, por supuesto, Cristina Fernández.
Desde 2004 esta fuerza conjunta entrena y dirige a las fuerzas de seguridad locales y garantiza ella misma la ocupación militar sobre Haití, que se ha cobrado centenares de muertos, además de las infinitas denuncias por violaciones, torturas y demás que estas mal llamadas “tropas de paz” tienen allí y a lo largo del mundo. Tras una elección controlada por la ONU en 2006 asumió un nuevo presidente, pero manteniendo hasta ahora la ocupación militar.
Del terremoto a la vuelta de la invasión norteamericana
Luego del terremoto del 13 de enero, con lo que parecería ser una desgracia apocalíptica desconectada de su contexto social, los grandes medios de comunicación parecen descubrir ahora el desastre en Haití.
Allí están desde canal 7, que encubre sistemáticamente la gravedad de la ocupación de la que participa el gobierno argentino, hasta la CNN, promotora de la expansión militar yanqui en el mundo. Unos hablan de sus “cascos azules” y lloran a un gendarme que se encargaba de instruir a una de las policías más sangrientas del continente, evitando consignar los cientos de haitianos muertos bajo los fusiles de sus “tropas de paz”. Los otros encubren a sus estados imperialistas que, al tiempo que se ufanan de enviar “ayuda humanitaria”, se preparan a iniciar el fabuloso negocio de la reconstrucción. Con ello, como lo hacen en Irak, empresarios y banqueros internacionales descargarán sobre el pueblo haitiano una pesada deuda impagable, obligándolos a extender su dependencia.
Poco y nada dicen sobre lo que podría haber hecho Haití frente a un terremoto si no fuera la nación pobre que le han obligado a ser, sometida por los EEUU y ocupada por sus pequeños socios como Argentina. Los miles de hombres que se hubieran salvado si allí hubiera hospitales, médicos, rutas, aeropuertos; si allí hubiera planificación social y previsión de los acontecimientos. Pocos recuerdan, por ejemplo, que ante un mismo fenómeno natural como los huracanes que azotan a todo el caribe, en los últimos años vienen muriendo 260 haitianos por cada fallecido que hay en la isla de Cuba, que aunque tiene pocos recursos, se preocupa por su pueblo y planifica la reacción ante los golpes de la naturaleza.
Ahora, con la excusa del terremoto, junto a la Minustah de la ONU, se han vuelto a instalar las tropas yanquis con un despliegue espectacular de efectivos y tecnología militar, en lo que promete ser una nueva etapa de la ocupación sobre Haití, esta vez sin intermediaciones de los socios menores como Argentina o Brasil. La vuelta a la ocupación directa que, como afirmó el coronel Kane, perdurará “el tiempo que se necesario”, además de servir como garantía de los empresarios norteamericanos para sus negocios en la reconstrucción, es un nuevo paso de EEUU en su política de extensión regional para el control de los recursos y el combate a todas las formas de resistencia, sumándose al impulso de la IV Flota y al despliegue de cada vez más bases en el continente, particularmente en Colombia.