El recambio presidencial en Uruguay, con la continuidad del Frente Amplio, promete seguir gobernando para la burguesía, sin ninguna esperanza de cambio para el pueblo trabajador.
En 2004, el Frente Amplio ganó las elecciones en Uruguay. Prácticamente, todas las agrupaciones que lo componían se definían “de izquierda”, y, una buena parte, “marxistas”. El frente se caracterizaba como “una fuerza política socialista, antioligárquica y antiimperialista”. Pero durante la campaña fue visible el esfuerzo para moderar el tono y desprenderse de esa definición. Así se veía en las intervenciones de Tabaré Vázquez, donde prometía “una mayor sensibilidad para pensar en la sociedad, una mejor gestión del Estado para fortalecerlo como factor de democracia, inclusión social y desarrollo productivo; una mayor transparencia, eficiencia y proximidad al ciudadano; en fin, un mejor relacionamiento con la sociedad”.
El anuncio de que Danilo Astori, un economista “progresista”, confiable para los empresarios, sería su ministro de economía, fue toda una señal de que las esperanzas en el gobierno “socialista” se verían frustradas. Al mismo tiempo, mejoró la performance de Tabaré en las encuestas, y ganó la presidencia. Una de sus primeras medidas fue aumentar los impuestos, cuando lo prometido era la reducción, hasta eliminarlos, del IVA y del impuesto a las retribuciones personales.
Cuando se conformó, en 1971, el frente proponía, como primeras medidas de gobierno: “cuatro pilares del proceso transformador: a) Reforma Agraria; b) Nacionalización de la banca privada; c) Nacionalización de los principales rubros del comercio exterior; d) Enérgica acción industrial del Estado, incluyendo la nacionalización de la industria frigorífica”. Bien lejos, el gobierno de Tabaré se centró en el aumento del PBI y del superávit, para cumplir los convenios firmados con el FMI. No hubo ninguna nacionalización, ni reforma agraria, y sí, en cambio, el pago compulsivo de la deuda externa.
Bien atrás, quedó el proclamado antiimperialismo. Tabaré autorizó la participación de militares uruguayos en las operaciones conjuntas, UNITAS; mandó tropas a Haití, para colaborar con los yanquis en la ocupación de la isla; firmó un acuerdo bilateral con Bush y recibió su visita con satisfacción; y mandó reprimir a los manifestantes antiimperialistas, a los que acusaron de “sedición”.
No es muy diferente el panorama que se abre con el nuevo triunfo frenteamplista. Mujica se ha cansado de garantizar que ningún empresario tiene motivos para preocuparse porque él administre el estado. Su vicepresidente, Danilo Astori, seguirá conduciendo la economía, porque “No hay que andar toqueteando, debemos cuidar aquello que ha andado tan bien”. En la misma línea, anticipó que convocaría a un “pacto nacional” y daría cargos en el gabinete a blancos y colorados.
Pese a algunas iniciativas efectistas, como la entrega de netbook a los alumnos, no ha cambiado, ni cambiará con el nuevo gobierno, la situación de los trabajadores en Uruguay. El presidente de la Cámara de Comercio y Servicios, Alfonso Varela, dijo: “Tenemos tranquilidad y confianza en lo que podría ser un gobierno comandado por Mujica”. Su par de la Cámara de Industrias, Javier Carrau, lo explicó mejor: “No tenemos temores, (…) luego de llegar al poder Lula hizo un giro importante en su forma de ser y de actuar, y también en la conducción de la economía. Y Mujica nombra constantemente a Lula como ejemplo. Ojalá continúe su línea”. Además de los elogios, el jefe de los empresarios marcó sus exigencias: “El FA debe darse cuenta de que la industria (…) tiene algo fundamental que es su rentabilidad”. Y reclamó que se mantenga “un ambiente propicio para la inversión extranjera”.
Rentabilidad empresarial y continuidad de la dependencia, a costa del pueblo trabajador. Es el único destino posible para los gobiernos “capitalistas de izquierda”.
En 2004, el Frente Amplio ganó las elecciones en Uruguay. Prácticamente, todas las agrupaciones que lo componían se definían “de izquierda”, y, una buena parte, “marxistas”. El frente se caracterizaba como “una fuerza política socialista, antioligárquica y antiimperialista”. Pero durante la campaña fue visible el esfuerzo para moderar el tono y desprenderse de esa definición. Así se veía en las intervenciones de Tabaré Vázquez, donde prometía “una mayor sensibilidad para pensar en la sociedad, una mejor gestión del Estado para fortalecerlo como factor de democracia, inclusión social y desarrollo productivo; una mayor transparencia, eficiencia y proximidad al ciudadano; en fin, un mejor relacionamiento con la sociedad”.
El anuncio de que Danilo Astori, un economista “progresista”, confiable para los empresarios, sería su ministro de economía, fue toda una señal de que las esperanzas en el gobierno “socialista” se verían frustradas. Al mismo tiempo, mejoró la performance de Tabaré en las encuestas, y ganó la presidencia. Una de sus primeras medidas fue aumentar los impuestos, cuando lo prometido era la reducción, hasta eliminarlos, del IVA y del impuesto a las retribuciones personales.
Cuando se conformó, en 1971, el frente proponía, como primeras medidas de gobierno: “cuatro pilares del proceso transformador: a) Reforma Agraria; b) Nacionalización de la banca privada; c) Nacionalización de los principales rubros del comercio exterior; d) Enérgica acción industrial del Estado, incluyendo la nacionalización de la industria frigorífica”. Bien lejos, el gobierno de Tabaré se centró en el aumento del PBI y del superávit, para cumplir los convenios firmados con el FMI. No hubo ninguna nacionalización, ni reforma agraria, y sí, en cambio, el pago compulsivo de la deuda externa.
Bien atrás, quedó el proclamado antiimperialismo. Tabaré autorizó la participación de militares uruguayos en las operaciones conjuntas, UNITAS; mandó tropas a Haití, para colaborar con los yanquis en la ocupación de la isla; firmó un acuerdo bilateral con Bush y recibió su visita con satisfacción; y mandó reprimir a los manifestantes antiimperialistas, a los que acusaron de “sedición”.
No es muy diferente el panorama que se abre con el nuevo triunfo frenteamplista. Mujica se ha cansado de garantizar que ningún empresario tiene motivos para preocuparse porque él administre el estado. Su vicepresidente, Danilo Astori, seguirá conduciendo la economía, porque “No hay que andar toqueteando, debemos cuidar aquello que ha andado tan bien”. En la misma línea, anticipó que convocaría a un “pacto nacional” y daría cargos en el gabinete a blancos y colorados.
Pese a algunas iniciativas efectistas, como la entrega de netbook a los alumnos, no ha cambiado, ni cambiará con el nuevo gobierno, la situación de los trabajadores en Uruguay. El presidente de la Cámara de Comercio y Servicios, Alfonso Varela, dijo: “Tenemos tranquilidad y confianza en lo que podría ser un gobierno comandado por Mujica”. Su par de la Cámara de Industrias, Javier Carrau, lo explicó mejor: “No tenemos temores, (…) luego de llegar al poder Lula hizo un giro importante en su forma de ser y de actuar, y también en la conducción de la economía. Y Mujica nombra constantemente a Lula como ejemplo. Ojalá continúe su línea”. Además de los elogios, el jefe de los empresarios marcó sus exigencias: “El FA debe darse cuenta de que la industria (…) tiene algo fundamental que es su rentabilidad”. Y reclamó que se mantenga “un ambiente propicio para la inversión extranjera”.
Rentabilidad empresarial y continuidad de la dependencia, a costa del pueblo trabajador. Es el único destino posible para los gobiernos “capitalistas de izquierda”.