Dossier: Entre el antimperilalismo y la alianza de clases
En el marco de las discusiones sobre al “antiimperialismo” y la alianza de clases, es preciso destacar la diferencia existente entre un método de lucha y una estrategia revolucionaria, ya que la combatividad no es sinónimo de conciencia ni da carácter “revolucionario” a quienes asumen la confrontación contra el estado sin cuestionar al sistema de dominación capitalista. Este problema, evidentemente actual, ha marcado en gran medida la dirección de la acción política, sobre todo desde los años '60 en adelante.
En toda Latinoamérica fue significativo el hecho de que varias corrientes nacionalistas, que enfrentaban principalmente a las dictaduras de turno, asumieran la lucha armada como método, coincidiendo muchas veces con la práctica llevada adelante por los marxistas revolucionarios contra el estado capitalista y por el socialismo.
En nuestro país, por ejemplo, la lucha contra la explotación capitalista y por el poder obrero y popular que impulsaban varias organizaciones entre las que se destacaba el PRT(1), coincidió muchas veces en la práctica con la lucha llevada adelante por el ala izquierda del peronismo agrupada en Montoneros, quienes tuvieron como consigna central la vuelta al gobierno de un representante de la burguesía como Perón. Esto permitió, por ejemplo, que, en un marco dictatorial, en 1972 ambos grupos coordinen acciones conjuntas como se evidenció el 22 de agosto, pero un año más tarde, en función de sus respectivos programas, sus políticas serían claramente contrapuestas: mientras Montoneros colaboraba con el gobierno peronista y trabajaba codo a codo con los militares en la construcción de lo que consideraban un “proyecto popular” (es decir la recomposición del capitalismo argentino), el PRT decidía “no dejar de combatir”, razón por la cual pronto Perón exigiría su “aniquilamiento”(2).
Lo que llenaban las organizaciones armadas en su conjunto era el vacío dejado por el pacifismo, tan profundamente arraigado en sectores de la izquierda. El stalinismo, en primer lugar, con su concepción de transformación gradual de la sociedad, su concepción de “profundizar” la democracia y el capitalismo, y su propuesta de alianza con las burguesías gobernantes, era uno de los principales enemigos del enfrentamiento violento contra la opresión. Lo acompañaban, en segundo lugar, dirigentes como Nahuel Moreno, que formaron parte de una rama internacional del trotskysmo que renegaba de la acción armada como elemento necesario en la lucha de clases(3).
Sobre este marco, en que tantos autoproclamados marxistas evitaban involucrarse en la lucha revolucionaria por la toma del poder, y en el que distintos grupos nacionalistas adoptaban el método de la lucha armada aunque no asumieran la estrategia socialista, se desarrollaron en nuestro continente varios intentos de “unidad antiimperialista” o “frentes de liberación nacional”, en los que convivían contradictoriamente distintas concepciones políticas, desde el nacionalismo hasta el marxismo y en donde, una vez más, el “antiimperialismo” sería la llave de entrada de las concepciones proburguesas en las filas de los luchadores. También aquí se haría sentir el peso de las concepciones stalinistas en pos de la alianza de clases para una “primera etapa” de revolución “antiimperialista” junto a la burguesía nacional.
Por lo tanto, la comprensión de que el triunfo de la revolución presupone la violencia revolucionaria no puede confundirse con la adopción de una estrategia de subordinación a la burguesía, lo que significa llevar al fracaso la revolución. Mezclar una cosa con la otra sería como trocar el marxismo por el islamismo talibán, por el simple hecho de comprender la necesidad y vigencia de la lucha afgana contra la ocupación imperialista.
(1) El PRT ha sido la organización política más importante que en nuestro país asumió la responsabilidad de organizar el combate por la revolución socialista. Por supuesto, como toda experiencia histórica real, el PRT está marcado por una larga lista de aciertos y errores a los que no pretendemos referirnos en esta nota y que en todo caso serán motivo de futuros balances.
(2) En enero de 1974, luego del intento de copamiento de un regimiento militar en Azul (Pcia. de Bs. As.), Perón ordenó el “aniquilamiento” de los guerrilleros del ERP a los que calificó de “terroristas” y “enemigos de la patria”. Allí ordenaba al ejército y a su tropa partidaria: “el gobierno nacional, en cumplimiento de su deber indeclinable, tomará de hoy en más las medidas pertinentes para atacar al mal en sus raíces, echando mano a todo el poder de su autoridad y movilizando todos los medios necesarios. El Movimiento Nacional Justicialista movilizará, así mismo, sus efectivos para ponerlos decididamente al servicio del orden y colaborar estrechamente con las autoridades empeñadas en mantenerlo”.
(3) En su enorme mayoría, las organizaciones que hoy en Argentina se reivindican trotskistas son hijas directas de esta escuela pacifista. Tras su supervivencia y desarrollo han promovido la idea, desde todo punto de vista falsa, que el pacifismo que ellos practican es propio de la corriente de oposición de izquierda. Sin embargo esa corriente, que fue dirigida por el jefe del ejército rojo, León Trotsky, para dar continuidad al bolchevismo leninista, fue retomada por muchos militantes, entre ellos los dirigentes del PRT Mario Roberto Santucho, Luis Enrique Pujals, el “indio” Pedro Bonet, etc.
En toda Latinoamérica fue significativo el hecho de que varias corrientes nacionalistas, que enfrentaban principalmente a las dictaduras de turno, asumieran la lucha armada como método, coincidiendo muchas veces con la práctica llevada adelante por los marxistas revolucionarios contra el estado capitalista y por el socialismo.
En nuestro país, por ejemplo, la lucha contra la explotación capitalista y por el poder obrero y popular que impulsaban varias organizaciones entre las que se destacaba el PRT(1), coincidió muchas veces en la práctica con la lucha llevada adelante por el ala izquierda del peronismo agrupada en Montoneros, quienes tuvieron como consigna central la vuelta al gobierno de un representante de la burguesía como Perón. Esto permitió, por ejemplo, que, en un marco dictatorial, en 1972 ambos grupos coordinen acciones conjuntas como se evidenció el 22 de agosto, pero un año más tarde, en función de sus respectivos programas, sus políticas serían claramente contrapuestas: mientras Montoneros colaboraba con el gobierno peronista y trabajaba codo a codo con los militares en la construcción de lo que consideraban un “proyecto popular” (es decir la recomposición del capitalismo argentino), el PRT decidía “no dejar de combatir”, razón por la cual pronto Perón exigiría su “aniquilamiento”(2).
Lo que llenaban las organizaciones armadas en su conjunto era el vacío dejado por el pacifismo, tan profundamente arraigado en sectores de la izquierda. El stalinismo, en primer lugar, con su concepción de transformación gradual de la sociedad, su concepción de “profundizar” la democracia y el capitalismo, y su propuesta de alianza con las burguesías gobernantes, era uno de los principales enemigos del enfrentamiento violento contra la opresión. Lo acompañaban, en segundo lugar, dirigentes como Nahuel Moreno, que formaron parte de una rama internacional del trotskysmo que renegaba de la acción armada como elemento necesario en la lucha de clases(3).
Sobre este marco, en que tantos autoproclamados marxistas evitaban involucrarse en la lucha revolucionaria por la toma del poder, y en el que distintos grupos nacionalistas adoptaban el método de la lucha armada aunque no asumieran la estrategia socialista, se desarrollaron en nuestro continente varios intentos de “unidad antiimperialista” o “frentes de liberación nacional”, en los que convivían contradictoriamente distintas concepciones políticas, desde el nacionalismo hasta el marxismo y en donde, una vez más, el “antiimperialismo” sería la llave de entrada de las concepciones proburguesas en las filas de los luchadores. También aquí se haría sentir el peso de las concepciones stalinistas en pos de la alianza de clases para una “primera etapa” de revolución “antiimperialista” junto a la burguesía nacional.
Por lo tanto, la comprensión de que el triunfo de la revolución presupone la violencia revolucionaria no puede confundirse con la adopción de una estrategia de subordinación a la burguesía, lo que significa llevar al fracaso la revolución. Mezclar una cosa con la otra sería como trocar el marxismo por el islamismo talibán, por el simple hecho de comprender la necesidad y vigencia de la lucha afgana contra la ocupación imperialista.
(1) El PRT ha sido la organización política más importante que en nuestro país asumió la responsabilidad de organizar el combate por la revolución socialista. Por supuesto, como toda experiencia histórica real, el PRT está marcado por una larga lista de aciertos y errores a los que no pretendemos referirnos en esta nota y que en todo caso serán motivo de futuros balances.
(2) En enero de 1974, luego del intento de copamiento de un regimiento militar en Azul (Pcia. de Bs. As.), Perón ordenó el “aniquilamiento” de los guerrilleros del ERP a los que calificó de “terroristas” y “enemigos de la patria”. Allí ordenaba al ejército y a su tropa partidaria: “el gobierno nacional, en cumplimiento de su deber indeclinable, tomará de hoy en más las medidas pertinentes para atacar al mal en sus raíces, echando mano a todo el poder de su autoridad y movilizando todos los medios necesarios. El Movimiento Nacional Justicialista movilizará, así mismo, sus efectivos para ponerlos decididamente al servicio del orden y colaborar estrechamente con las autoridades empeñadas en mantenerlo”.
(3) En su enorme mayoría, las organizaciones que hoy en Argentina se reivindican trotskistas son hijas directas de esta escuela pacifista. Tras su supervivencia y desarrollo han promovido la idea, desde todo punto de vista falsa, que el pacifismo que ellos practican es propio de la corriente de oposición de izquierda. Sin embargo esa corriente, que fue dirigida por el jefe del ejército rojo, León Trotsky, para dar continuidad al bolchevismo leninista, fue retomada por muchos militantes, entre ellos los dirigentes del PRT Mario Roberto Santucho, Luis Enrique Pujals, el “indio” Pedro Bonet, etc.