
Nada cambia para el pueblo trabajador
El Frente Amplio, con José Mujica, y el Partido Nacional, con Luis Alberto Lacalle, se disputan el sillón presidencial uruguayo. A pesar de las superfluas diferencias que esgrimen en la campaña electoral, ambas expresiones políticas se postulan como guardianes del sistema del que tanto se beneficia el empresariado.
El partido que hoy postula al ex guerrillero Mujica como sucesor del “socialista” Tabaré Vázquez es el favorito en el ballotage que se realizará a fin de mes. Con un discurso “renovador”, “popular”, y con un pintoresco candidato, el Frente Amplio se encamina hacia un nuevo mandato en Uruguay.
Como dijéramos en febrero de 2006: “Están bien claras cuáles son las prioridades en la política del gobierno uruguayo: están trazadas ante todo por el sostenimiento de las buenas relaciones con EEUU y las empresas privadas. (...) La política de continuidad absoluta para garantizar la plena vigencia del capitalismo es la que lleva a cabo Tabaré Vázquez en Uruguay. (...) La socialdemocracia gobierna para la clase dominante sumiendo a los trabajadores en la peor explotación.”(1)
Tras la experiencia de varios años de gobierno frenteamplista, queda en evidencia, con suma claridad, que el rol del frente de Mujica y Tabaré ha sido, y aún hoy continúa siendo, el de oxigenar, maquillar la democracia y el capitalismo para que nada sustancial cambie en Uruguay: los empresarios se siguen enriqueciendo y los trabajadores siguen luchando por subsistir. Todo, bajo la fachada de un gobierno de “izquierda”.
Pero el gobierno del Frente Amplio ha dado sobradas muestras de su carácter, no sólo antipopular, sino también proimperialista. Basta recordar el intento de acuerdo de libre comercio con EEUU, el envío de tropas a Haití o, simplemente, el asado de bienvenida que preparó, y sirvió, el propio Tabaré al ex presidente norteamericano, George Bush. Pero tampoco hay que olvidar la acusación de sedición a los manifestantes que protestaron contra la visita de Bush o el respeto de la Ley de Caducidad que garantiza la impunidad de los represores durante la dictadura militar.
Es el rol que viene a cumplir la fórmula Mujica-Astori: presentar una variante con careta “popular” a la histórica alternancia entre blancos y colorados. La figura de Mujica, con su estilo campechano y con su pasado combativo, tiene como principal objetivo legitimar la democracia y el capitalismo presentándolo con un rostro más humano ante el pueblo trabajador. Un engaño más. Pues mientras se conserven las relaciones de explotación capitalista, gobierne un ex obrero, como Lula Da Silva, un ex cura, como Lugo, un ex campesino, como Morales, o un ex guerrillero, como Mujica, para el pueblo trabajador siempre habrá privaciones y postergaciones. Una vez más, con la democracia y los gobiernos capitalistas, nada cambia para el pueblo trabajador.
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NOTAS:
1) “El progresismo, como la mentira, tiene patas cortas”, en ER Nº10, febrero de 2006.