La epidemia de dengue que traviesa el país demuestra que la salud en el capitalismo, es un preciado bien al que solamente pueden acceder unos pocos.
El Revolucionario Nº45 (Abril de 2009)
Seis muertos por ser pobres es el resultado parcial (a los primeros días de abril) de la epidemia de dengue en nuestro país.
Una enfermedad que había sido erradicada a principios de los 60, volvió ya hace varios años a nuestro país y se extiende ahora a una gran velocidad, alcanzando a 11.000 enfermos según las cifras siempre cambiantes y crecientes que se difunden públicamente. A eso deberían sumarse las proyecciones, ya que, según la Organización Mundial de la Salud “se estima que por cada caso reportado podría haber entre cinco y diez casos no reportados”, como explicó el director nacional de Prevención de Enfermedades y Riesgos, Hugo Fernández.
La extensión de las villas y los asentamientos, el desarrollo de la miseria en ciudades y pueblos del interior, la falta de trabajo y las malísimas condiciones para los que sí lo consiguen, entre tantas otras manifestaciones de la pobreza argentina, venían marcando una grave situación, profundizada ahora que los empresarios y el gobierno descargan sobre los trabajadores el peso de la crisis.
Ése es el marco que ha dado lugar a la extensión de una enfermedad propia del atraso. El vaciamiento hospitalario y la absoluta falta de prevención son fruto de una misma política que arrasa con todas las conquistas populares, degradando la salud y la educación públicas, las condiciones y el acceso al trabajo, la vivienda y la alimentación.
El desprecio con el que el gobierno nacional y sus colegas provinciales y municipales tratan a los trabajadores de nuestro país es tal que han sido necesarios miles y miles de enfermos, y los primeros casos de muertes, para que por fin acepten la patética existencia de una epidemia de dengue, una enfermedad que es absolutamente controlable (como ya se ha hecho en décadas pasadas) pero a la que se dejó correr a costa de varias muertes y enfermos graves. De hecho, desde Charata, donde un humilde hospital sin infraestructura ni recursos debió atender a miles de personas con un sólo médico (a un frenético ritmo de entre 150 y 200 pacientes por día), el equipo de médicos del hospital denunció que el ministerio de salud de Chaco los obligó, mediante una circular a “no informar o siquiera hablar sobre dengue”. Así es como el gobierno dio lugar a que la enfermedad se transforme en la epidemia más importante de la historia del dengue en el país, como lo explicó, entre otros, el infectólogo del Hospital Muñiz, Tomás Orduna.
Eso sí, una vez extendido el pánico, los barrios ricos del norte de Buenos Aires, incluyendo en primer lugar la quinta presidencial de Olivos, fueron atentamente fumigados, aunque no se registre ningún enfermo, con una celeridad que no tiene nada en común con el trato brindado a los pobres del norte argentino, donde a la enorme carencia de recursos y tardanza en las respuestas más elementales se agrega el envío de repelentes vencidos, justo allí donde el foco de la epidemia estaba atacando a más de 6.000 enfermos y cobrándose la vida de varios infectados.
La extensión del dengue, con sus enfermos y sus muertos, está lejos de ser una “catástrofe” o una calamidad. Es el producto directo del plan económico y social de un gobierno que para seguir brindando subsidios a los empresarios y para mantener el pago de la deuda externa, no ha dudado en profundizar el ajuste contra los trabajadores, llevando al más absoluto vaciamiento de los servicios fundamentales como la educación y la salud pública. Es la verdadera cara de un gobierno que se autoproclama “popular”, que propagandiza un “crecimiento a tasas chinas” hablando de un supuesto “país en serio” cuando lo único que hace es entregar todo a los capitalistas locales y extranjeros a costa de los trabajadores, su alimentación, su educación, su vivienda, su salud y su vida.
Seis muertos por ser pobres es el resultado parcial (a los primeros días de abril) de la epidemia de dengue en nuestro país.
Una enfermedad que había sido erradicada a principios de los 60, volvió ya hace varios años a nuestro país y se extiende ahora a una gran velocidad, alcanzando a 11.000 enfermos según las cifras siempre cambiantes y crecientes que se difunden públicamente. A eso deberían sumarse las proyecciones, ya que, según la Organización Mundial de la Salud “se estima que por cada caso reportado podría haber entre cinco y diez casos no reportados”, como explicó el director nacional de Prevención de Enfermedades y Riesgos, Hugo Fernández.
La extensión de las villas y los asentamientos, el desarrollo de la miseria en ciudades y pueblos del interior, la falta de trabajo y las malísimas condiciones para los que sí lo consiguen, entre tantas otras manifestaciones de la pobreza argentina, venían marcando una grave situación, profundizada ahora que los empresarios y el gobierno descargan sobre los trabajadores el peso de la crisis.
Ése es el marco que ha dado lugar a la extensión de una enfermedad propia del atraso. El vaciamiento hospitalario y la absoluta falta de prevención son fruto de una misma política que arrasa con todas las conquistas populares, degradando la salud y la educación públicas, las condiciones y el acceso al trabajo, la vivienda y la alimentación.
El desprecio con el que el gobierno nacional y sus colegas provinciales y municipales tratan a los trabajadores de nuestro país es tal que han sido necesarios miles y miles de enfermos, y los primeros casos de muertes, para que por fin acepten la patética existencia de una epidemia de dengue, una enfermedad que es absolutamente controlable (como ya se ha hecho en décadas pasadas) pero a la que se dejó correr a costa de varias muertes y enfermos graves. De hecho, desde Charata, donde un humilde hospital sin infraestructura ni recursos debió atender a miles de personas con un sólo médico (a un frenético ritmo de entre 150 y 200 pacientes por día), el equipo de médicos del hospital denunció que el ministerio de salud de Chaco los obligó, mediante una circular a “no informar o siquiera hablar sobre dengue”. Así es como el gobierno dio lugar a que la enfermedad se transforme en la epidemia más importante de la historia del dengue en el país, como lo explicó, entre otros, el infectólogo del Hospital Muñiz, Tomás Orduna.
Eso sí, una vez extendido el pánico, los barrios ricos del norte de Buenos Aires, incluyendo en primer lugar la quinta presidencial de Olivos, fueron atentamente fumigados, aunque no se registre ningún enfermo, con una celeridad que no tiene nada en común con el trato brindado a los pobres del norte argentino, donde a la enorme carencia de recursos y tardanza en las respuestas más elementales se agrega el envío de repelentes vencidos, justo allí donde el foco de la epidemia estaba atacando a más de 6.000 enfermos y cobrándose la vida de varios infectados.
La extensión del dengue, con sus enfermos y sus muertos, está lejos de ser una “catástrofe” o una calamidad. Es el producto directo del plan económico y social de un gobierno que para seguir brindando subsidios a los empresarios y para mantener el pago de la deuda externa, no ha dudado en profundizar el ajuste contra los trabajadores, llevando al más absoluto vaciamiento de los servicios fundamentales como la educación y la salud pública. Es la verdadera cara de un gobierno que se autoproclama “popular”, que propagandiza un “crecimiento a tasas chinas” hablando de un supuesto “país en serio” cuando lo único que hace es entregar todo a los capitalistas locales y extranjeros a costa de los trabajadores, su alimentación, su educación, su vivienda, su salud y su vida.