El Revolucionario Nº33 (Marzo de 2008)
El acuerdo Kirchner-Lavagna es el más reciente ejemplo de que “Para un peronista no puede haber nada mejor que otro peronista”, sentencia que ocupa el sexto lugar en la lista de “mandamientos” conocidos como “Las veinte verdades peronistas”, y que constituyen, según el Consejo Superior del PJ, los principios fundamentales de su doctrina.
Roberto Lavagna, afiliado al partido justicialista en 1972, tuvo cargos públicos en forma casi ininterrumpida desde entonces1.
Desde su salida del gobierno a fines de 2005, Lavagna asumió un rol opositor, con fuertes críticas a la política económica. Acusó al gobierno que acababa de dejar de no atender el avance inflacionario; lo responsabilizó de la crisis energética y cuestionó decisiones políticas como los “súperpoderes” del jefe de gabinete. Rodeado de peronistas duhaldistas dirigidos por Juan José (Juanjo) Álvarez2 y con una curiosa alianza con el radicalismo alfonsinista, salió al ruedo electoral contra Cristina Fernández. Unos días después de las elecciones, junto a su candidato a vice, el jefe oficial del radicalismo Gerardo Morales, anunció a sus casi tres millones y medio de votantes: “Seguiremos trabajando con UNA, defendiendo una visión de país y un proyecto de gobierno”. Apenas unos meses después, anunciaría junto a Kirchner, desde la quinta de Olivos, que se sumaba al proyecto de reorganización del PJ bajo el liderazgo del ex presidente, a quien acompañará en la conducción partidaria.
Como lo vino anunciando en el tramo final de su gobierno, ni bien Néstor Kirchner dejó el sillón calentito a su señora, se lanzó de lleno a la tarea autoencomendada de convertirse formalmente en jefe indiscutido del peronismo. Dejó atrás y al costado la transversalidad, la concertación plural y otras fórmulas similares que le sirvieron durante su presidencia para aglutinar bajo su dirección a los sectores no declaradamente pejotistas e incluso “antipejotistas”. Empezó a contar porotos para hacerse de la conducción del partido, intervenido judicialmente desde aquel memorable escándalo en Parque Norte, cuando Hilda González de Duhalde y Cristina Fernández de Kirchner cruzaron dardos verbales sobre su respectiva “portación de apellidos”.
Ni bien Kirchner anunció sus intenciones, comenzaron a llegar los apoyos. Gobernadores, legisladores, intendentes, dirigentes políticos y gremiales peronistas armaron una especie de “operativo clamor” que no dejó, prácticamente, a ninguno afuera. Hasta logró la bendición del duhaldismo más recalcitrante, el mismo que en 2005 acusaba a Kirchner de pretender “destruir al peronismo” para reemplazarlo por su “Frente para la Victoria” con pretensiones de tercer movimiento histórico, como dijo por entonces el vocero del sector, Eduardo Camaño.
El acuerdo con su ex ministro, y reciente opositor electoral de su esposa, es una perla más en el prolijo enhebrado para dirigir el PJ sin fisuras. La operación se gestó con máximo cuidado en todos los detalles, como la elección del diario que tendría la primicia, a cambio de garantizar una tapa en cuerpo catástrofe y un suplemento especial de seis páginas. Kirchner en persona eligió el titular de la nota, entre tres variantes que le presentó la redacción de Clarín. Cristina, atenta como siempre a la imagen, advirtió a su esposo que no se dejara sacar fotos caminando con Lavagna por los jardines de la residencia presidencial, para alejar la analogía con Alfonsín y Menem sellando el Pacto de Olivos en el mismo escenario.
A pesar de la elección de un lenguaje prolijo para el anuncio del acuerdo, con expresiones “políticamente correctas” como “respetar la diversidad” o “dar espacio a las distintas expresiones partidarias”, ya se sabe que ni siquiera será necesario para el kirchnerismo recurrir a la formalidad de una elección interna. Eduardo Duhalde dio su bendición a la incorporación de Lavagna y aseguró que no piensa intervenir en la disputa del poder partidario, lo que hizo recular al catamarqueño Luis Barrionuevo, que el 27 de enero dijo que no quería a Kirchner como presidente del partido, y el 16 de febrero proclamó su pleno apoyo, según dijo, “porque soy un peronista verticalista, orgánico, y no encuentro otro en quien referenciarme”.
Después de asegurarse la adhesión de los principales sectores peronistas, logrado el acuerdo con Lavagna, y el explícito apoyo de la burocracia sindical en todas sus vertientes, de la CGT, de los “gordos” y de Moyano, Kirchner se acordó de lo que los medios llaman “las organizaciones sociales kirchneristas”, es decir, los grupos liderados por Luis D’Elia, Emilio Pérsico, Edgardo Depetris y Humberto Tumini. En la reunión en Puerto Madero, el barrio más “seguro” de Buenos Aires, patrullado por prefectos y federales, sólo Pérsico, titular del Movimiento Evita, expresó su pertenencia al PJ, donde quizás le tiren una sillita matera a un costado de la “mesa chica” a la que ya están sentados, junto a Kirchner, Alberto Fernández, Roberto Lavagna, Hugo Moyano, Eduardo Fellner y Juan Manuel Urtubey3, con lugares reservados para Carlos Reutemann, Juan Carlos Romero y Ramón Puerta. Al término de la reunión, Depetris, D’Elía y Tumini trataron de salvar la ropa asegurando que “el compañero Néstor nos garantizó que la estrategia es el movimiento nacional y no el partido” haciendo piruetas para no reconocer que todos sus pronósticos (desde la “nueva época” abierta en diciembre de 2001, hasta la desaparición de los partidos tradicionales) sobre la inminente muerte del PJ fallaron estrepitosamente. Su jefe Kirchner, el que dicen que encarna la “burguesía nacional” y es producto de la rebelión de 2001, cerró la discusión, diciéndole a Tumini: “A vos, te voy a regalar un escudito del partido justicialista”.
Como dijo Perón, para un peronista no puede haber nada mejor que otro peronista, con todos dentro del partido único de la burguesía con pretensiones de PRI mexicano. El partido de la triple A y los indultos, el partido de la entrega nacional y el pago compulsivo de la deuda: el partido peronista.
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NOTAS
1) Fue Director General de Política de Ingresos y Política de Precios, y asesor del Ministerio de Trabajo y el Banco Central (1973); Subsecretario de Coordinación de la Secretaría de Obras Públicas (1975); Secretario de Industria y Comercio Exterior y Negociador Jefe de los acuerdos entre Argentina y Brasil para constituir el MERCOSUR (1985/87). En 2000, fue nombrado Embajador Plenipotenciario ante la Unión Europea y los Organismos Económicos Internacionales, tarea que dejó, en abril de 2002, para convertirse en el ministro de economía del presidente Duhalde, cargo que continuaría ejerciendo con su sucesor, Néstor Kirchner, hasta que lo reemplazó su discípula Felisa Miceli, mejor conocida como la mujer de la bolsa.
2) Uno de los cuadros peronistas, preferidos por la burguesía tanto en dictadura como en democracia, “especializado” en seguridad y pionero de la saturación policial.
3) Aunque lo quieran presentar como la nueva generación, es un fiel discípulo de Romero.
El acuerdo Kirchner-Lavagna es el más reciente ejemplo de que “Para un peronista no puede haber nada mejor que otro peronista”, sentencia que ocupa el sexto lugar en la lista de “mandamientos” conocidos como “Las veinte verdades peronistas”, y que constituyen, según el Consejo Superior del PJ, los principios fundamentales de su doctrina.
Roberto Lavagna, afiliado al partido justicialista en 1972, tuvo cargos públicos en forma casi ininterrumpida desde entonces1.
Desde su salida del gobierno a fines de 2005, Lavagna asumió un rol opositor, con fuertes críticas a la política económica. Acusó al gobierno que acababa de dejar de no atender el avance inflacionario; lo responsabilizó de la crisis energética y cuestionó decisiones políticas como los “súperpoderes” del jefe de gabinete. Rodeado de peronistas duhaldistas dirigidos por Juan José (Juanjo) Álvarez2 y con una curiosa alianza con el radicalismo alfonsinista, salió al ruedo electoral contra Cristina Fernández. Unos días después de las elecciones, junto a su candidato a vice, el jefe oficial del radicalismo Gerardo Morales, anunció a sus casi tres millones y medio de votantes: “Seguiremos trabajando con UNA, defendiendo una visión de país y un proyecto de gobierno”. Apenas unos meses después, anunciaría junto a Kirchner, desde la quinta de Olivos, que se sumaba al proyecto de reorganización del PJ bajo el liderazgo del ex presidente, a quien acompañará en la conducción partidaria.
Como lo vino anunciando en el tramo final de su gobierno, ni bien Néstor Kirchner dejó el sillón calentito a su señora, se lanzó de lleno a la tarea autoencomendada de convertirse formalmente en jefe indiscutido del peronismo. Dejó atrás y al costado la transversalidad, la concertación plural y otras fórmulas similares que le sirvieron durante su presidencia para aglutinar bajo su dirección a los sectores no declaradamente pejotistas e incluso “antipejotistas”. Empezó a contar porotos para hacerse de la conducción del partido, intervenido judicialmente desde aquel memorable escándalo en Parque Norte, cuando Hilda González de Duhalde y Cristina Fernández de Kirchner cruzaron dardos verbales sobre su respectiva “portación de apellidos”.
Ni bien Kirchner anunció sus intenciones, comenzaron a llegar los apoyos. Gobernadores, legisladores, intendentes, dirigentes políticos y gremiales peronistas armaron una especie de “operativo clamor” que no dejó, prácticamente, a ninguno afuera. Hasta logró la bendición del duhaldismo más recalcitrante, el mismo que en 2005 acusaba a Kirchner de pretender “destruir al peronismo” para reemplazarlo por su “Frente para la Victoria” con pretensiones de tercer movimiento histórico, como dijo por entonces el vocero del sector, Eduardo Camaño.
El acuerdo con su ex ministro, y reciente opositor electoral de su esposa, es una perla más en el prolijo enhebrado para dirigir el PJ sin fisuras. La operación se gestó con máximo cuidado en todos los detalles, como la elección del diario que tendría la primicia, a cambio de garantizar una tapa en cuerpo catástrofe y un suplemento especial de seis páginas. Kirchner en persona eligió el titular de la nota, entre tres variantes que le presentó la redacción de Clarín. Cristina, atenta como siempre a la imagen, advirtió a su esposo que no se dejara sacar fotos caminando con Lavagna por los jardines de la residencia presidencial, para alejar la analogía con Alfonsín y Menem sellando el Pacto de Olivos en el mismo escenario.
A pesar de la elección de un lenguaje prolijo para el anuncio del acuerdo, con expresiones “políticamente correctas” como “respetar la diversidad” o “dar espacio a las distintas expresiones partidarias”, ya se sabe que ni siquiera será necesario para el kirchnerismo recurrir a la formalidad de una elección interna. Eduardo Duhalde dio su bendición a la incorporación de Lavagna y aseguró que no piensa intervenir en la disputa del poder partidario, lo que hizo recular al catamarqueño Luis Barrionuevo, que el 27 de enero dijo que no quería a Kirchner como presidente del partido, y el 16 de febrero proclamó su pleno apoyo, según dijo, “porque soy un peronista verticalista, orgánico, y no encuentro otro en quien referenciarme”.
Después de asegurarse la adhesión de los principales sectores peronistas, logrado el acuerdo con Lavagna, y el explícito apoyo de la burocracia sindical en todas sus vertientes, de la CGT, de los “gordos” y de Moyano, Kirchner se acordó de lo que los medios llaman “las organizaciones sociales kirchneristas”, es decir, los grupos liderados por Luis D’Elia, Emilio Pérsico, Edgardo Depetris y Humberto Tumini. En la reunión en Puerto Madero, el barrio más “seguro” de Buenos Aires, patrullado por prefectos y federales, sólo Pérsico, titular del Movimiento Evita, expresó su pertenencia al PJ, donde quizás le tiren una sillita matera a un costado de la “mesa chica” a la que ya están sentados, junto a Kirchner, Alberto Fernández, Roberto Lavagna, Hugo Moyano, Eduardo Fellner y Juan Manuel Urtubey3, con lugares reservados para Carlos Reutemann, Juan Carlos Romero y Ramón Puerta. Al término de la reunión, Depetris, D’Elía y Tumini trataron de salvar la ropa asegurando que “el compañero Néstor nos garantizó que la estrategia es el movimiento nacional y no el partido” haciendo piruetas para no reconocer que todos sus pronósticos (desde la “nueva época” abierta en diciembre de 2001, hasta la desaparición de los partidos tradicionales) sobre la inminente muerte del PJ fallaron estrepitosamente. Su jefe Kirchner, el que dicen que encarna la “burguesía nacional” y es producto de la rebelión de 2001, cerró la discusión, diciéndole a Tumini: “A vos, te voy a regalar un escudito del partido justicialista”.
Como dijo Perón, para un peronista no puede haber nada mejor que otro peronista, con todos dentro del partido único de la burguesía con pretensiones de PRI mexicano. El partido de la triple A y los indultos, el partido de la entrega nacional y el pago compulsivo de la deuda: el partido peronista.
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NOTAS
1) Fue Director General de Política de Ingresos y Política de Precios, y asesor del Ministerio de Trabajo y el Banco Central (1973); Subsecretario de Coordinación de la Secretaría de Obras Públicas (1975); Secretario de Industria y Comercio Exterior y Negociador Jefe de los acuerdos entre Argentina y Brasil para constituir el MERCOSUR (1985/87). En 2000, fue nombrado Embajador Plenipotenciario ante la Unión Europea y los Organismos Económicos Internacionales, tarea que dejó, en abril de 2002, para convertirse en el ministro de economía del presidente Duhalde, cargo que continuaría ejerciendo con su sucesor, Néstor Kirchner, hasta que lo reemplazó su discípula Felisa Miceli, mejor conocida como la mujer de la bolsa.
2) Uno de los cuadros peronistas, preferidos por la burguesía tanto en dictadura como en democracia, “especializado” en seguridad y pionero de la saturación policial.
3) Aunque lo quieran presentar como la nueva generación, es un fiel discípulo de Romero.