DROGAS: LA LEGALIZACIÓN, PANTALLA DE LA DOMINACIÓN

El Revolucionario Nº23 (Abril de 2007)

La agencia DyN anunció que los obispos católicos, como se sabe, siempre dedicados al bienestar de los desamparados, están preparando una “pastoral” sobre la trata de blancas, el dengue, la píldora “del día después”, el trabajo infantil… y las drogas. Dicen que todos esos son “flagelos” que se originan en la pobreza. Bien podrían los purpurados ocuparse un poco de tanto cura pedófilo que no se sabe que hayan excomulgado, en lugar de banalizar la cuestión de las drogas y de echarle la culpa a los pobres.
En ER del mes pasado definíamos las drogas como arma fundamental de la burguesía, y precisábamos que “donde están, está el enemigo”, que difunde e impone esos venenos con los que disciplina, al mismo tiempo que lucra. Pero también está el enemigo en las campañas pretendidamente “progres” por la legalización del consumo, que ensalzan su uso con el mismo criterio libérrimo (y en realidad, profundamente sojuzgante) con que defienden otros lo que llaman “el derecho” a prostituirse. La dependencia a cualquier droga, como la prostitución, no es un derecho. Es un yugo del que debemos liberarnos, y del que debemos ayudar a liberarse a quien lo padezca. Otra cosa, bien distinta, es la obligación de denunciar, repudiar y combatir la represión dirigida contra quienes consumen drogas o contra quienes se ven arrojados a la prostitución, perversa vuelta de tuerca de un sistema que primero corrompe y degrada, y después persigue, hostiga y encarcela a su víctima cuando no le genera suficientes ganancias.
El mito de la “legalización del consumo” como solución al problema de la drogadicción ha penetrado hondo en el pensamiento liberal progresista. Sin embargo no pueden explicar por qué fracasó la experiencia concreta de los países que legalizaron el consumo en todo o en parte, que debieron en poco tiempo volver a la prohibición, como Suiza e Inglaterra. El brutal incremento del consumo resultante de la legalización aterró incluso a los defensores de la “autonomía responsable”. No hay autonomía ni responsabilidad posible en el adicto, que por más que se esfuerce en disimularlo no es otra cosa que un esclavo sujeto por invisibles cadenas, sometido a su proveedor, que nunca es otro que la burguesía y sus lacayos. Repiquetean los abolicionistas con el ejemplo de Holanda, que a esta altura ya no sabe qué hacer con la enormidad de “junkies” nacionales y extranjeros atados a sus costosísimos “tratamientos” con metadona, que resultan en muchos casos más letales que la original adicción a la heroína.
Se argumenta que al despenalizar el uso cotidiano de drogas (blandas, en las versiones más “light”, todas en las más “militantes”) se eliminaría la necesaria asociación con el delito, pues comprar un porro o un raviol no sería muy diferente a ir a un kiosco por un atado de cigarrillos o una lata de cerveza. ¿Será que los grandes traficantes se convertirán por obra y gracia de una ley en honestos comerciantes que pondrán un almacencito y venderán al menudeo? Dealers, punteros y pasadores no van a dejar sus millonarios negocios para ser empleados de mostrador por unos pocos pesos, como no cesarán mágicamente los policías de explotar a los pibes que primero convierten en adictos y después usan a su antojo como mano de obra barata y servil en el negocio de la ratería y el pushing. ¿Se imaginan a los grandes narcos, los que contrabandean por quintales y tienen cocinas por todo el conurbano, conformando una S.A. y pagando el monotributo mientras sus socios policías y gendarmes se conforman con el sueldo oficial?. Suena bonito decir que la legalización del consumo le quitaría la base de reproducción a la transnacional del crimen que lucra del tráfico de narcóticos. Pero si, como hasta el congreso yanqui ha debido admitir, la “trasnacional del narcotráfico” es el gran capital, al punto que el Citibank-Citicorp es el primer lavador de narcodólares del mundo, no parece que legalizar su comercio, con la consiguiente pérdida de ganancias, vaya a ser muy exitoso. Sin ahondar en cifras, digamos que el negocio de las drogas produce anualmente alrededor de medio trillón de dólares, y el 80% de esa cifra se recicla en EEUU para ser luego invertido en paraísos fiscales a lo largo y ancho del mundo. En Dubai, por ejemplo, es política de estado no preguntar sobre el origen de las fortunas que convirtieron en menos de 35 años un pueblito de pescadores lindero al desierto en una metrópoli cosmopolita en la que, por ejemplo, se puede esquiar bajo techo con nieve real en un moderno shopping que costó 272 millones de dólares.
Por otra parte, este argumento no es una respuesta útil frente a los estragos que provocan sustancias que se compran en cualquier ferretería, supermercado o kiosco, como el pegamento. Probablemente la inhalación de cementos de contacto o similares sólo tenga parangón, en su difusión masiva e idoneidad para la destrucción neuronal, con el paco, y sin embargo su adquisición es absolutamente legal y su tenencia permitida.
Párrafo aparte para la profusa bijouterie de hojitas de marihuana, las revistas de “cultura cannabica” o la iconografía de Bob Marley en preciosas remeras que se pueden comprar por Internet (con tarjeta de crédito), puro marketing que vende bien, y que da a más de un incauto la ilusión de luchar por una “causa” cuando está siendo instrumento de su propia dependencia. Y no por casualidad, debemos mencionar en el mismo renglón las truchas campañas oficiales con afiches que piden “dejá el paco y volvé con tu novia” y los centros de “rehabilitación” que trafican drogas, sustitutos y adictos, a los que se encargan de devolver al mercado apenas pueden empezar a consumir de nuevo.
Es bueno reflexionar sobre los motivos por los que el reformismo se inclina por la defensa del uso de drogas, propiciando la legalización del consumo como si se tratara de un ámbito de libertad injustamente restringido y no de lo que es, un hábito esclavizante y alienante instrumentado por la burguesía. Desde los que promueven el liberalismo total sin control alguno hasta los que discursean sobre las ventajas del “autocontrol”, todos tienen en común su adaptación al sistema. “Progres” y reformistas, por un lado, naturalizan las condiciones de vida de la pequeña burguesía. Por otro, intentan demagógicamente acomodarse a las condiciones de vida de los pibes de los barrios, reivindicando ni más ni menos que los recursos pensados para controlar y destruir.
Las FARC, que algo conocen de los beneficios que saca el imperio de la miseria de los pueblos a través de las drogas, sostienen: “La lucha contra el narcotráfico (…) es una lucha antiimperialista, por la soberanía y la autodeterminación de los pueblos, pero también es una lucha contra las cúpulas dominantes nacionales por el beneficio de las mayorías nacionales, y hace parte fundamental de la agenda a resolver para garantizar a nuestros pueblos una vida con justicia social, digna en paz, con democracia y soberanía.”(1)
El narcotráfico es narcocapitalismo y narcoimperialismo, y como tal debe ser combatido por los pueblos.
..........
1) Militarismo, narcotráfico y neoliberalismo. Comandante Raúl Reyes, del Secretariado del Estado Mayor Central, FARC-EP/ julio de 1997.