El Revolucionario Nº24 (Mayo de 2007)
El lunes 16 de abril, Cho Seung-Hui, un estudiante coreano de 23 años, mató 33 personas a tiros en la Universidad Tecnológica de Virginia y luego se suicidó. Tras un primer ataque en la zona de dormitorios, Hui salió del campus universitario y envió por correo electrónico videos y textos en los que decía que fue empujado a actuar así por la “degeneración” de los “chicos ricos” y los “charlatanes mentirosos” de la universidad. Como en 1999, cuando dos adolescentes protagonizaron la masacre de Columbine, de inmediato comentaristas y opinólogos empezaron a elaborar teorías que permitieran explicar este nuevo episodio de “insana violencia” que se suma a una larga lista de más de 20 hechos similares en escuelas y universidades yanquis en menos de 10 años.
El argumento favorito de la mayoría es el referido a la política de armas en el “gran país del norte”, donde el derecho de cualquier ciudadano a tener su Glock o su Heckler & Koch está garantizado por una enmienda constitucional, y son mínimos los requisitos para adquirir un arma de fuego, corta o larga, de uso civil o de guerra, en el mercado legal. Tan fácil es comprar un revólver, rifle o pistola que casi no existe el mercado negro, excepto para quienes no pueden acceder al mercado legal por limitaciones a su condición de ciudadanos, como los negros e hispanos. De hecho, casi el 40% de los hogares yanquis tienen su arma de fuego, con un total de más de 220 millones de armas en manos privadas, suficientes para que cada hombre y mujer de más de 12 años en el país tenga una. No puede sorprender, con esos guarismos, que 30.000 personas, de las cuales la mitad son menores de 19 años, y la mayoría negros, hispanos u orientales, mueran al año por disparos de armas de fuego, con un promedio de una muerte cada 18 minutos.
Pero suponer que masacres escolares como la de Virginia, la de Columbine o cualquiera de las que cotidianamente ocurren con menos cantidad de bajas y, correlativamente, menos repercusión mediática, se producen linealmente como consecuencia de la política de armas, no explica que sucesos similares sucedan con parecida frecuencia en Japón, Alemania o Canadá, países con políticas diametralmente opuestas a la yanqui en materia de tenencia particular de armamento.
Otra explicación que naufraga por insuficiente es la que busca las motivaciones del estudiante coreano en el desvarío individual, la frustración amorosa o la psicosis, incluso recurriendo a “obsesiones” creadas a partir de libros, videojuegos o música “contaminantes”, al estilo de lo que tanto se escribió sobre Mark Chapman, el asesino de John Lennon, y su devoción por el libro de Salinger “El guardián entre el centeno”. Menos todavía sirve acotar la cuestión a la “violencia juvenil” cuando, sin solución de continuidad, se dan hechos similares, quizás con menos repercusión, en empresas, shoppings u otros ámbitos, como ocurrió efectivamente en las dos semanas siguientes al episodio de la universidad de Virginia.
Más acertado resulta pensar en las condiciones materiales de vida que impone el capitalismo. Los formadores de opinión de la burguesía propagandizan la sociedad yanqui y sus similares como modelo a seguir, como el gran ejemplo de civilidad. El “American way of life”, paradigma del capitalismo desarrollado, sólo ofrece instantaneidad y superficialidad, comida chatarra, cultura del consumo, reality shows, plástico, drogas, chips electrónicos y vidas descartables.
La explicación de la masacre de Virginia y todas sus variantes, anteriores y posteriores, la encontramos en el grado de alienación producto del desarrollo capitalista de esas sociedades. Alienación, enseña Milcíades Peña, quiere decir que el hombre está dominado por cosas que él creó; quiere decir que el hombre ha proyectado partes de sí mismo, las ha transformado en cosas, y que esas cosas lo dominan. Alienación es eso que Heine describía en Inglaterra, dice Peña, “donde las máquinas se comportan como seres humanos y los hombres como máquinas”(1).
“La acción conjunta de los individuos, dice Marx, va creando mil fuerzas productivas. Pero una vez creadas, estas fuerzas dejan de pertenecer a los que la crean, se les vuelven hostiles y los tiranizan. (…) Así como en las religiones el hombre está dominado por las criaturas de su propio cerebro, en la producción capitalista lo vemos dominado por los productos de su propio brazo” (El Capital, I). La enajenación que causa la situación de explotación constante, en el trabajo, del hombre por parte del hombre, es producto de las relaciones sociales de producción, de la división en clases, de la pérdida de control por el productor de sus productos. De allí que la tarea que pesa sobre los hombros del proletariado no sea el del simple mejoramiento de sus condiciones de vida, sino la universal liberación de la humanidad, el paso del “Reino de la Necesidad” al “Reino de la Libertad”(2).
..........
(1) Peña, Milcíades, “Introducción al pensamiento político de Marx”.
(2) Marx, Karl, El Capital, Capítulo “La rentas y sus fuentes”.
El lunes 16 de abril, Cho Seung-Hui, un estudiante coreano de 23 años, mató 33 personas a tiros en la Universidad Tecnológica de Virginia y luego se suicidó. Tras un primer ataque en la zona de dormitorios, Hui salió del campus universitario y envió por correo electrónico videos y textos en los que decía que fue empujado a actuar así por la “degeneración” de los “chicos ricos” y los “charlatanes mentirosos” de la universidad. Como en 1999, cuando dos adolescentes protagonizaron la masacre de Columbine, de inmediato comentaristas y opinólogos empezaron a elaborar teorías que permitieran explicar este nuevo episodio de “insana violencia” que se suma a una larga lista de más de 20 hechos similares en escuelas y universidades yanquis en menos de 10 años.
El argumento favorito de la mayoría es el referido a la política de armas en el “gran país del norte”, donde el derecho de cualquier ciudadano a tener su Glock o su Heckler & Koch está garantizado por una enmienda constitucional, y son mínimos los requisitos para adquirir un arma de fuego, corta o larga, de uso civil o de guerra, en el mercado legal. Tan fácil es comprar un revólver, rifle o pistola que casi no existe el mercado negro, excepto para quienes no pueden acceder al mercado legal por limitaciones a su condición de ciudadanos, como los negros e hispanos. De hecho, casi el 40% de los hogares yanquis tienen su arma de fuego, con un total de más de 220 millones de armas en manos privadas, suficientes para que cada hombre y mujer de más de 12 años en el país tenga una. No puede sorprender, con esos guarismos, que 30.000 personas, de las cuales la mitad son menores de 19 años, y la mayoría negros, hispanos u orientales, mueran al año por disparos de armas de fuego, con un promedio de una muerte cada 18 minutos.
Pero suponer que masacres escolares como la de Virginia, la de Columbine o cualquiera de las que cotidianamente ocurren con menos cantidad de bajas y, correlativamente, menos repercusión mediática, se producen linealmente como consecuencia de la política de armas, no explica que sucesos similares sucedan con parecida frecuencia en Japón, Alemania o Canadá, países con políticas diametralmente opuestas a la yanqui en materia de tenencia particular de armamento.
Otra explicación que naufraga por insuficiente es la que busca las motivaciones del estudiante coreano en el desvarío individual, la frustración amorosa o la psicosis, incluso recurriendo a “obsesiones” creadas a partir de libros, videojuegos o música “contaminantes”, al estilo de lo que tanto se escribió sobre Mark Chapman, el asesino de John Lennon, y su devoción por el libro de Salinger “El guardián entre el centeno”. Menos todavía sirve acotar la cuestión a la “violencia juvenil” cuando, sin solución de continuidad, se dan hechos similares, quizás con menos repercusión, en empresas, shoppings u otros ámbitos, como ocurrió efectivamente en las dos semanas siguientes al episodio de la universidad de Virginia.
Más acertado resulta pensar en las condiciones materiales de vida que impone el capitalismo. Los formadores de opinión de la burguesía propagandizan la sociedad yanqui y sus similares como modelo a seguir, como el gran ejemplo de civilidad. El “American way of life”, paradigma del capitalismo desarrollado, sólo ofrece instantaneidad y superficialidad, comida chatarra, cultura del consumo, reality shows, plástico, drogas, chips electrónicos y vidas descartables.
La explicación de la masacre de Virginia y todas sus variantes, anteriores y posteriores, la encontramos en el grado de alienación producto del desarrollo capitalista de esas sociedades. Alienación, enseña Milcíades Peña, quiere decir que el hombre está dominado por cosas que él creó; quiere decir que el hombre ha proyectado partes de sí mismo, las ha transformado en cosas, y que esas cosas lo dominan. Alienación es eso que Heine describía en Inglaterra, dice Peña, “donde las máquinas se comportan como seres humanos y los hombres como máquinas”(1).
“La acción conjunta de los individuos, dice Marx, va creando mil fuerzas productivas. Pero una vez creadas, estas fuerzas dejan de pertenecer a los que la crean, se les vuelven hostiles y los tiranizan. (…) Así como en las religiones el hombre está dominado por las criaturas de su propio cerebro, en la producción capitalista lo vemos dominado por los productos de su propio brazo” (El Capital, I). La enajenación que causa la situación de explotación constante, en el trabajo, del hombre por parte del hombre, es producto de las relaciones sociales de producción, de la división en clases, de la pérdida de control por el productor de sus productos. De allí que la tarea que pesa sobre los hombros del proletariado no sea el del simple mejoramiento de sus condiciones de vida, sino la universal liberación de la humanidad, el paso del “Reino de la Necesidad” al “Reino de la Libertad”(2).
..........
(1) Peña, Milcíades, “Introducción al pensamiento político de Marx”.
(2) Marx, Karl, El Capital, Capítulo “La rentas y sus fuentes”.