El Revolucionario Nº9 (Diciembre de 2005)
Las jornadas de diciembre de 2001 constituyen un importante ejemplo de lucha callejera, en las que el pueblo ha puesto de manifiesto su repudio hacia el gobierno y hacia una buena parte de las instituciones burguesas.
Como consecuencia de la profunda carestía de la vida en los sectores más pauperizados de la población, que ha sido el terreno fértil para el impulso de los saqueos que comenzaron el 14 en Mendoza, continuaron en Santa Fe y tuvieron su punto culminante con los que se produjeron en Buenos Aires; de la llamada confiscación de los ahorristas aplicada por Cavallo a partir del día 3 y la política de ajuste mediante el déficit cero; y, fundamentalmente, de la bronca que generó el discurso de De la Rúa y la declaración del estado de sitio, grandes masas del pueblo se movilizaron en todo el país y se concentraron en la Plaza de Mayo para pedir la renuncia de todos los funcionarios.
Con la represión desatada la noche del 19 y profundizada luego de la orden de De la Rúa para que la policía desaloje la plaza, comenzaron a desarrollarse los primeros enfrentamientos que, debido a su continuidad, fueron uno de los factores que desencadenaron la renuncia de Cavallo primero, la patética huída del entonces presidente en helicóptero y la seguidilla de nombres que posteriormente ocuparon la Casa Rosada.
Ninguna de las maniobras de la burguesía impidió la continuidad del combate callejero. El pueblo se agrupó y reagrupó para librarlo en las mejores condiciones posibles, en la mayoría de los casos espontáneamente, en otros, debidamente organizados por compañeros que asumieron la responsabilidad de hacerlo. Las barricadas y los piquetes abundaban. Buenos Aires estuvo en el centro de las miradas del mundo.
La permanencia del pueblo luchando en las calles ha tenido, si se quiere, su punto más alto en la noche del 29 cuando, bajo la presidencia de Rodríguez Saa, se logró incendiar parte del Congreso, se rodeó y hostigó la Casa de Gobierno y se derrocó a este fugaz presidente. No es casual que la burguesía y hasta las fuerzas de la izquierda pacifista oculten esa jornada donde se evidenció el mayor grado de organización y pertrechamiento para la lucha.
Como decimos en la nota contigua, las jornadas de diciembre no abrieron ninguna situación revolucionaria ni mucho menos. Son sí, una demostración de que el pueblo luchando en las calles es capaz de voltear gobiernos y de la entrega de cientos de compañeros que, prácticamente sin recursos ni organización, salieron a luchar cayendo, 37 de ellos, como consecuencia de la represión.
Diciembre de 2001 es un punto importante en la lucha del pueblo ya que ha manifestado el repudio a la institucionalidad burguesa y la aceptación de la legítima violencia popular por una significativa porción del pueblo.
Si bien las bajas y la mayoría de los heridos han sido sólo del pueblo y no de la burguesía y sus fuerzas represivas, y los responsables políticos y materiales de la masacre gozan de impunidad, los niveles de confrontación alcanzados son un aliciente y un piso en la lucha popular y callejera que deberemos recuperar para avanzar con más y mejor organización para el combate.
***
La rebelión popular librada el 19 y 20 de diciembre de 2001 fue analizada por varias organizaciones como la “apertura de una situación revolucionaria”, problema que repercute actualmente en un falso debate sobre “el cierre” o no de “la etapa abierta con el argentinazo”.
La partera de la situación de diciembre de 2001 fue la crisis económica bursátil del momento, caracterizada por la fuga de capitales y el “default”. El levantamiento popular consistió en una combinación de intereses de las capas medias y de los sectores más pauperizados, es decir de los saqueos a los supermercados y el cacerolazo ante el corralito que detonaron con una reacción masiva frente al estado de sitio declarado por De la Rúa.
En primer lugar hay que mencionar la falta de protagonismo de la clase obrera ocupada en estas luchas, un elemento central que debe ser atendido por cualquier corriente marxista. Ni hablar entonces de la ausencia de la clase obrera organizada con sus organismos. Por el contrario, los sindicatos obreros, dirigidos prácticamente por completo por la burocracia sindical, cumplieron con el mandato de la burguesía y quedaron al margen del reclamo popular. De hecho, tanto la CGT como la CTA fueron repudiadas en estas jornadas. Y junto a los organismos obreros, otra gran ausencia se plantaba entonces para nuestra clase: la carencia de un Partido Revolucionario de los Trabajadores, que contara no sólo con un programa correcto de lucha para la toma del poder, sino con un gran desarrollo e inserción en las masas obreras y populares.
En estas condiciones se hacía imposible constituir un programa que guiara la lucha popular y obviamente no era posible lograrlo intentando conciliar las reivindicaciones de la clase media “ahorrista” y el desocupado “saqueador”.
La burguesía, es cierto, atravesaba una profunda crisis, pero no puede deducirse de ello que haya existido un “vacío de poder”. De hecho el estado a pleno seguía funcionando, las fuerzas de seguridad reprimían a los luchadores en las calles antes, durante y después del derrumbe presidencial, y los sindicatos, obsecuentes, acompañaban a la burguesía en su esfuerzo por calmar la situación. El alineamiento tras las directivas burguesas fue absoluto tanto en la burocracia como en las fuerzas represivas: ningún tipo de contradicción existió, aunque más no fuera económica, para que unos tomaran el camino de la huelga o los otros el acuartelamiento o la negativa a la represión.
Pero la idea equivocada de un “vacío de poder” maduraba en el pensamiento de diversas organizaciones llevándolas a buscar una “salida” a la crisis (¡como si realmente estuviera en sus manos!) mediante llamados a asambleas constituyentes o intentando reagrupamientos político-partidarios que llegaron a incluir a fracciones del partido peronista.
Por otra parte, es necesario dejar en claro que hoy la situación ha cambiado notablemente. No es posible afirmar que sigue en vigencia la crisis abierta en la etapa del “default” de 2001, pues ahora el gobierno se caracteriza por contar con un orden estricto en las cuentas fiscales y por garantizar un superávit de más del 4% (cuando entonces Cavallo bregaba por lograr un “déficit cero”). Hoy la recaudación fiscal le permite a Kirchner pagar como nunca antes se ha pagado la deuda y mantener un margen para maniobrar frente a la lucha obrera y popular que reacciona ante el ajuste y la inflación. Crecen nuevamente las luchas, claro que sí, y se desarrollan también las organizaciones obreras, pero no puede desestimarse que hoy la burguesía ya no está sumida en la misma crisis que existía en el 2001.
A cuatro años de la rebelión popular es preciso en primer lugar reivindicar esa lucha de nuestro pueblo y a todos nuestros caídos, pero en segundo lugar es preciso también atender a las limitaciones que un proceso de “rebelión popular” tiene para los revolucionarios que nos organizamos con la clara perspectiva de lograr la única liberación posible para la clase obrera y el pueblo argentinos: la Revolución Socialista.
Frente a esa tarea inclaudicable para los revolucionarios, es necesario preparase para estar en condiciones reales de tomar el poder en forma victoriosa en nuestro país. Por eso es central desarrollar la organización consciente e independiente de nuestra clase, tanto en el plano sindical como en el meramente político, impulsando la recuperación sindical por parte de corrientes clasistas y construyendo el Partido Revolucionario de los Trabajadores.
Muchas luchas nos encontrarán en el camino de la revolución, peleando junto a nuestro pueblo como en el 2001 para enfrentar las políticas de hambre y entrega de los gobiernos lamebotas del imperialismo. Y es menester que los revolucionarios entendamos que esa es una de nuestras obligadas trincheras de lucha. Pero aunque nunca hemos faltado a la cita del combate popular, no confundimos a éste con la estación final de nuestra lucha, sino como un episodio en el camino de la confrontación y organización revolucionaria.
Es preciso recordar una vez más junto al Che que “no podemos hacernos ninguna ilusión, ni tenemos derecho a ello, de lograr la libertad sin combatir. Y los combates no serán meras luchas callejeras de piedras contra gases lacrimógenos, ni de huelgas generales pacíficas; ni será la lucha de un pueblo enfurecido que destruya en dos o tres días el andamiaje represivo de las oligarquías gobernantes; será una lucha larga, cruenta…”
Sólo la organización consciente de nuestra clase y su partido nos dará la oportunidad histórica de prepararnos para derrotar definitivamente a la burguesía mediante la toma del poder y la instauración del socialismo.
Las jornadas de diciembre de 2001 constituyen un importante ejemplo de lucha callejera, en las que el pueblo ha puesto de manifiesto su repudio hacia el gobierno y hacia una buena parte de las instituciones burguesas.
Como consecuencia de la profunda carestía de la vida en los sectores más pauperizados de la población, que ha sido el terreno fértil para el impulso de los saqueos que comenzaron el 14 en Mendoza, continuaron en Santa Fe y tuvieron su punto culminante con los que se produjeron en Buenos Aires; de la llamada confiscación de los ahorristas aplicada por Cavallo a partir del día 3 y la política de ajuste mediante el déficit cero; y, fundamentalmente, de la bronca que generó el discurso de De la Rúa y la declaración del estado de sitio, grandes masas del pueblo se movilizaron en todo el país y se concentraron en la Plaza de Mayo para pedir la renuncia de todos los funcionarios.
Con la represión desatada la noche del 19 y profundizada luego de la orden de De la Rúa para que la policía desaloje la plaza, comenzaron a desarrollarse los primeros enfrentamientos que, debido a su continuidad, fueron uno de los factores que desencadenaron la renuncia de Cavallo primero, la patética huída del entonces presidente en helicóptero y la seguidilla de nombres que posteriormente ocuparon la Casa Rosada.
Ninguna de las maniobras de la burguesía impidió la continuidad del combate callejero. El pueblo se agrupó y reagrupó para librarlo en las mejores condiciones posibles, en la mayoría de los casos espontáneamente, en otros, debidamente organizados por compañeros que asumieron la responsabilidad de hacerlo. Las barricadas y los piquetes abundaban. Buenos Aires estuvo en el centro de las miradas del mundo.
La permanencia del pueblo luchando en las calles ha tenido, si se quiere, su punto más alto en la noche del 29 cuando, bajo la presidencia de Rodríguez Saa, se logró incendiar parte del Congreso, se rodeó y hostigó la Casa de Gobierno y se derrocó a este fugaz presidente. No es casual que la burguesía y hasta las fuerzas de la izquierda pacifista oculten esa jornada donde se evidenció el mayor grado de organización y pertrechamiento para la lucha.
Como decimos en la nota contigua, las jornadas de diciembre no abrieron ninguna situación revolucionaria ni mucho menos. Son sí, una demostración de que el pueblo luchando en las calles es capaz de voltear gobiernos y de la entrega de cientos de compañeros que, prácticamente sin recursos ni organización, salieron a luchar cayendo, 37 de ellos, como consecuencia de la represión.
Diciembre de 2001 es un punto importante en la lucha del pueblo ya que ha manifestado el repudio a la institucionalidad burguesa y la aceptación de la legítima violencia popular por una significativa porción del pueblo.
Si bien las bajas y la mayoría de los heridos han sido sólo del pueblo y no de la burguesía y sus fuerzas represivas, y los responsables políticos y materiales de la masacre gozan de impunidad, los niveles de confrontación alcanzados son un aliciente y un piso en la lucha popular y callejera que deberemos recuperar para avanzar con más y mejor organización para el combate.
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La rebelión popular librada el 19 y 20 de diciembre de 2001 fue analizada por varias organizaciones como la “apertura de una situación revolucionaria”, problema que repercute actualmente en un falso debate sobre “el cierre” o no de “la etapa abierta con el argentinazo”.
La partera de la situación de diciembre de 2001 fue la crisis económica bursátil del momento, caracterizada por la fuga de capitales y el “default”. El levantamiento popular consistió en una combinación de intereses de las capas medias y de los sectores más pauperizados, es decir de los saqueos a los supermercados y el cacerolazo ante el corralito que detonaron con una reacción masiva frente al estado de sitio declarado por De la Rúa.
En primer lugar hay que mencionar la falta de protagonismo de la clase obrera ocupada en estas luchas, un elemento central que debe ser atendido por cualquier corriente marxista. Ni hablar entonces de la ausencia de la clase obrera organizada con sus organismos. Por el contrario, los sindicatos obreros, dirigidos prácticamente por completo por la burocracia sindical, cumplieron con el mandato de la burguesía y quedaron al margen del reclamo popular. De hecho, tanto la CGT como la CTA fueron repudiadas en estas jornadas. Y junto a los organismos obreros, otra gran ausencia se plantaba entonces para nuestra clase: la carencia de un Partido Revolucionario de los Trabajadores, que contara no sólo con un programa correcto de lucha para la toma del poder, sino con un gran desarrollo e inserción en las masas obreras y populares.
En estas condiciones se hacía imposible constituir un programa que guiara la lucha popular y obviamente no era posible lograrlo intentando conciliar las reivindicaciones de la clase media “ahorrista” y el desocupado “saqueador”.
La burguesía, es cierto, atravesaba una profunda crisis, pero no puede deducirse de ello que haya existido un “vacío de poder”. De hecho el estado a pleno seguía funcionando, las fuerzas de seguridad reprimían a los luchadores en las calles antes, durante y después del derrumbe presidencial, y los sindicatos, obsecuentes, acompañaban a la burguesía en su esfuerzo por calmar la situación. El alineamiento tras las directivas burguesas fue absoluto tanto en la burocracia como en las fuerzas represivas: ningún tipo de contradicción existió, aunque más no fuera económica, para que unos tomaran el camino de la huelga o los otros el acuartelamiento o la negativa a la represión.
Pero la idea equivocada de un “vacío de poder” maduraba en el pensamiento de diversas organizaciones llevándolas a buscar una “salida” a la crisis (¡como si realmente estuviera en sus manos!) mediante llamados a asambleas constituyentes o intentando reagrupamientos político-partidarios que llegaron a incluir a fracciones del partido peronista.
Por otra parte, es necesario dejar en claro que hoy la situación ha cambiado notablemente. No es posible afirmar que sigue en vigencia la crisis abierta en la etapa del “default” de 2001, pues ahora el gobierno se caracteriza por contar con un orden estricto en las cuentas fiscales y por garantizar un superávit de más del 4% (cuando entonces Cavallo bregaba por lograr un “déficit cero”). Hoy la recaudación fiscal le permite a Kirchner pagar como nunca antes se ha pagado la deuda y mantener un margen para maniobrar frente a la lucha obrera y popular que reacciona ante el ajuste y la inflación. Crecen nuevamente las luchas, claro que sí, y se desarrollan también las organizaciones obreras, pero no puede desestimarse que hoy la burguesía ya no está sumida en la misma crisis que existía en el 2001.
A cuatro años de la rebelión popular es preciso en primer lugar reivindicar esa lucha de nuestro pueblo y a todos nuestros caídos, pero en segundo lugar es preciso también atender a las limitaciones que un proceso de “rebelión popular” tiene para los revolucionarios que nos organizamos con la clara perspectiva de lograr la única liberación posible para la clase obrera y el pueblo argentinos: la Revolución Socialista.
Frente a esa tarea inclaudicable para los revolucionarios, es necesario preparase para estar en condiciones reales de tomar el poder en forma victoriosa en nuestro país. Por eso es central desarrollar la organización consciente e independiente de nuestra clase, tanto en el plano sindical como en el meramente político, impulsando la recuperación sindical por parte de corrientes clasistas y construyendo el Partido Revolucionario de los Trabajadores.
Muchas luchas nos encontrarán en el camino de la revolución, peleando junto a nuestro pueblo como en el 2001 para enfrentar las políticas de hambre y entrega de los gobiernos lamebotas del imperialismo. Y es menester que los revolucionarios entendamos que esa es una de nuestras obligadas trincheras de lucha. Pero aunque nunca hemos faltado a la cita del combate popular, no confundimos a éste con la estación final de nuestra lucha, sino como un episodio en el camino de la confrontación y organización revolucionaria.
Es preciso recordar una vez más junto al Che que “no podemos hacernos ninguna ilusión, ni tenemos derecho a ello, de lograr la libertad sin combatir. Y los combates no serán meras luchas callejeras de piedras contra gases lacrimógenos, ni de huelgas generales pacíficas; ni será la lucha de un pueblo enfurecido que destruya en dos o tres días el andamiaje represivo de las oligarquías gobernantes; será una lucha larga, cruenta…”
Sólo la organización consciente de nuestra clase y su partido nos dará la oportunidad histórica de prepararnos para derrotar definitivamente a la burguesía mediante la toma del poder y la instauración del socialismo.