1 DE MAYO: DÍA INTERNACIONAL DE LA CLASE OBRERA

El 1º de Mayo, día de nuestra clase, constitu­ye un homenaje a los trabajadores en su lucha con­tra la explotación, en un com­bate contra este sistema que intenta perpetuar su someti­miento bajo la bota de la pará­sita burguesía. Una lucha que no ha tenido, tiene, ni tendrá otro método que la revolución, que el combate a fondo contra esa clase de patrones, banque­ros y terratenientes. Una lucha que debemos desplegar ampliamente, en el seno de la clase obrera y en el conjunto del pueblo oprimido con una perspectiva política clara: la toma del poder por parte de los trabajadores y la instauración del único sistema de justicia que es capaz de. aplastar al pequeño circulo de verdugos que hoy digita el destino de nuestro pueblo y, por eso mis­mo, el único sistema que es capaz de abrir un camino cier­to de felicidad para el conjunto de los trabajadores: el socialis­mo.

Emprender esta lucha revolucionaria es lo menos a lo que podemos aspirar, pues para acabar con la opresión y la explotación de los hombres, no existe otro camino que el aplastamiento del capitalismo y sus agentes. Las tareas son muchas y cada una en su espe­cificidad contiene una gran importancia, pero requieren todas de una visión de conjun­to imprescindible para trazar los pasos a seguir y organizar del mejor modo posible el largo y duro combate que hemos emprendido.

En este marco es que prestamos gran atención al desarrollo de un amplio movimiento de masas, que cuenta con un sector clave: la clase obrera ocupada organizada sin­dicalmente, y que debe encon­trar apoyo en todos aquellos sectores del pueblo que estén dispuestos a marchar a su lado en la lucha contra el capital, como pueden ser los estudian­tes, los trabajadores desocupados; los profesionales; los movimientos barriales, de DDHH, o culturales.

En este momento la cre­ciente participación de los tra­bajadores ocupados en la esce­na publica recuerda que es cen­tral extender y desarrollar la militancia en los sindicatos, disputándole a la burocracia cada nucleamiento obrero: los puestos de delegados, las comi­siones internas, los cuerpos de delegados, las seccionales y los sindicatos mismos. Junto a ello el fortalecimiento de las organizaciones populares antes mencionadas y la lucha porque cuenten con una orien­tación combativa y clasista completan las tareas centrales para el movimiento de masas.

Pero las organizaciones sindicales tienen sus propios limites, pues no puede recla­mársele al conjunto del movi­miento social que cuente con una perspectiva revoluciona­ria y socialista, que se ubique plenamente en la línea de la experiencia histórica del movi­miento obrero que ha sistema­tizado el marxismo, ni que lle­ve adelante tareas propias de quienes concientes de esa pers­pectiva revolucionaria, están dispuestos a desarrollar la lucha y la conspiración contra el sistema hasta donde sea necesario para voltearlo defi­nitivamente.

Por eso es que nosotros, marxistas revolucionarios, al tiempo que trabajamos deno­dadamente par desarrollar la organización y la lucha del movimiento obrero y popular, debemos orientar nuestros esfuerzos a la organización­ política de nuestra clase, con la conformación de un partido conciente de sus tareas estratégicas y dispuesto a llevarlas a cabo hasta el final. Una tarea que implica ubicarse en la línea histórica del marxismo revolucionario: que ve en el partido bolchevique la primer gran experiencia de una orga­nización politico-militar for­mada por cuadros profesiona­les de la revolución que supie­ron desarrollar sus tareas de vanguardia y extender al mis­mo tiempo las ideas socialistas sobre un amplio movimiento de masas; que marca una línea de principios en defensa de la independencia de nuestra cla­se y de la revolución interna­cional que ha sido sostenida históricamente aún en notable inferioridad de fuerzas frente a los grandes claudicantes del stalinismo y el revisionismo; y que reivindica al PRT como la experiencia nacional mas nota­ble que ha dado pasos trascen­dentes por forjar en nuestro suelo el partido de los trabaja­dores que tome como propios los principios y los métodos que requiere orientar toda su lucha en el camino de la revo­lución socialista.

Y el sostener esta línea de pensamiento y acción plantea emprender el combate contra los capitalistas, librándolo hasta en los mas duros campos, pero implica también dar una lucha ideológica contra las variantes de la socialdemo­cracia, el stalinismo, el anarquismo, el populismo o el postmodernismo, quienes de una u otra forma ponen en duda los principios políticos de la revolución y el socialismo, y desvían la acción hacia carriles de adaptación al régimen actual.

Sostener una línea de principios significa, por ejem­plo, defender que debe tomar­se el poder, desplazando a la burguesía para que los mismos trabajadores asumamos la organización de una nueva sociedad. Pero un principio tan básico se ve atacado desde diferentes lugares. Hay quie­nes nos llaman a confiar en la burguesía y sus líderes (Kir­chner, Tabaré, Chávez, etc.). Hay quienes plantean la tesis beensteniana del avance "gra­dual” (y sin violencia) hacia el socialismo, que hoy se sostie­ne sobre todo en el discurso de reemplazar la organización y violencia de nuestra clase, por la "instrucción" de la sociedad civil, por el desarrollo de la "'educación popular" como una herramienta que reempla­za (y no que "complementa”) la lucha política (e incluso militar) de nuestro pueblo contra sus verdugos.

También hay quienes diluyen el centro de esa tarea tan fundamental (la organiza­ción para la toma del poder) al ubicar al "poder" en otro lado, no ya en la dirección del esta­do (en el manejo de la política económica, social, militar, etc. del estado, sus gobiernos y la burguesía en general), sino en cualquier punto donde haya trabajo militante, solidario, etc. Parecería entonces que fuera posible llevar adelante la tarea de "construir" poder sin disputárselo a la burguesía, sino con el puro trabajo del activismo. De esta forma el poder de ella y el nuestro 'podrían entonces "convi­vir" ... pero lo cierto es que el .estado de las cosas es y será el mismo y el sistema no se dará vuelta por estos métodos. Tal vez en algunos casos el plan­teo de "construir poder popu­lar" intente ser solo una for­mulación mas "literaria" de la militancia que se lleva adelan­te al desarrollar un trabajo sin­dical, barrial, estudiantil, par­tidario, etc. (y en ese caso con­funde más de lo que aclara). Lo que si es seguro es que .en muchos casos no es solo eso. Significa, por el contrario, ubi­car el centro en otro lado, a veces planteado en términos conscientes, como lo hacen los postmodernos autonomis­tas al considerar lisa y llana­mente que "el poder no hay que tomarlo" y que en su lugar es posible "construirlo" desde el trabajo social; o como hacen otras corrientes, en muchos casos ligadas con la socialde­mocracia, para quienes emprender la tarea actual de "construcción de poder popu­lar" es un mecanismo para patear hacia delante el com­promiso de la lucha revolucionaria, evitando afrontar desde ahora mismo las tareas de la lucha por el poder: la conformación de una organización revolucionaria, el desarrollo de sus cuadros, la pre­paración e iniciación de aquellas tareas que tienen que ver con una guerra de largo aliento contra la burguesía y sus aparatos de repre­sión, etc.

Cuando decimos que nues­tros principios muestran una clara continuación de una línea histórica del marxismo revolucionario, es porque, entre otras cosas, somos suscriptores del mismo internacionalismo proletario del que se hizo carne el Che en su obra y en su práctica. Un internaciona­lismo que lo llevaba no sólo a defender incansablemente la profundización de la revolución socialista en su país (como es imperioso defender hoy a Cuba y el avance de su revolución), sino que implicaba una apuesta para el triunfo de la revolución a lo largo del planeta, y que se hacia carne con el apoyo moral, político y humano a la lucha revolucionaria por la toma del poder en cada país del mundo, impulsando siempre la rebeldía frente a la opresión y la lucha a muerte contra el sistema. Un internacionalismo que dista del doloroso y grave silencio que existe frente a la lucha de pueblos enteros como el colombiano. Que se ubica en cada país junto a los tra­bajadores, el pueblo y sus organi­zaciones, con un claro apoyo a la lucha revolucionaria por la toma del poder, y nunca, como hacen hoy lideres históricos como Fidel Castro, del lado de nuestros ene­migos de clase, de los Kirchner, los Lula, los Tabaré, los Lagos, los Evo, brindando su apoyo a los ver­dugos pro yanquis que se encargan de encabezar los planes antipopulares de la burguesía. Una defensa de la lucha revolucionaria que frente a las posiciones claudicantes de las dos grandes potencias socialistas fue sostenida por el Che aún en la mas clara minoría (como puede leerse en "crear dos, tres, muchos Vietnam es la consigna") con una altura moral digna de un revolucionario que jamás negociad sus principios.

Por esto decimos que soste­ner una línea de principios signifi­ca, también, defender la mas abso­luta independencia de nuestra clase en su lucha política por el poder.

Un planteo que es firmado con la mano y borrado con el codo por numerosas corrientes que por distintos caminos terminan ubicando su política tras la iniciativa de la burguesía y sus referentes mas astutos. Así sucede con una larga lista de chavistas, mas o menos "críticos", que atraídos por el amplio movimiento de masas venezolano y las promesas "socialis­tas" de su líder depositan su con­fianza en un referente de la bur­guesía local, pero deciden mirar para otro lado a la hora de analizar las condiciones de vida del pueblo, la defensa de las herramientas de dominio de la burguesía, la estre­cha dependencia del imperialis­mo, las formas de explotación, de propiedad, en fin, el carácter neta­mente burgués de ese gobierno, y la falta de perspectivas revolucionarias que hay para ese pueblo mientras no se plantee la ruptura con esa dirección.

Y en momentos que se siente profundamente la carencia de un partido revolucionario de nuestra clase y se vuelve cada vez mas imprescindible abocar esfuerzos para conformarlo, estos principios se ven seriamente amenazados cuando, mas allá de las practicas unitarias que sean llevadas adelante con relación a la lucha popular, se escucha con reiteración el lla­mado a la conformación de organi­zaciones sin acuerdos de principios pero con perspectivas estraté­gicas, como sucede con- todo un abanico de frentes políticos (de "liberación nacional", "antimperialista ", "patriótico", "revolucionario", etc.), cuya perspectiva inevitable es la dilución de las tareas centrales de nuestra clase (la revo­lución socialista) en acciones meramente coyunturales.

Evidentemente es una cuestión crucial tomar con firmeza la tarea de construcción partidaria. No sólo reclamando abstractamente el partido sino siendo capa­ces de desarrollar las tareas que lo vayan perfilando seriamente. Por ello es que debemos emprender las acciones prácticas de la militancia y la inserción que al tiempo que desarrollan la lucha popular contribuyen a la formación de los diri­gentes y acercan nuevos compañeros a las ideas de la revolución, y al mismo tiempo debemos profundizar las tareas que hacen a la formación y el desarrollo de los militantes; pues ambas son labores que nos plantean asumir desde este mismo momento el rol de un militante revolucionario como los que conformarán el partido que esta­mos construyendo. Sólo así los tra­bajadores organizados podremos emprender las tareas partidarias, resultado de un determinado desarrollo orgánico, que nos permitan encarar actividades cada vez mas audaces e importantes, que marcaran un claro camino de confronta­ción contra la burguesía y sus apa­ratos de represión.

Así, tomando con enorme seriedad las tareas militantes, intensificando la actividad esforzadamente para acelerar los tiem­pos de la lucha lo mas que se pue­da, podremos dar un importante salto de "calidad" en la tarea central que nos proponemos: la cons­trucción partidaria. Es la orienta­ción central de nuestra labor como militantes revolucionarios al bus­car en la construcción diaria de un partido la superación de la etapa actual caracterizada por la existen­cia de una serie de destacamentos jóvenes y poco experimentados y en la carencia de una referencia única y probada ante las masas que pue­da ser comprendida como EL partido revolucionario de nuestra cla­se.

Esta tarea militante nos impulsa, como decimos, a un desarrollo "cualitativo" que, obvia­mente, redundará en crecimiento numérico en muchas oportunidades pero que no puede ser reem­plazado por un crecimiento "cuantitativo" basado, como se ve muy a menudo, en la mera sumatoria de grupos que no han pulido seria­mente sus acuerdos, pero que encuentran en el "principio de la unidad" un principio fundamental y hasta previo a los principios políticos y estratégicos de la revolución.

Porque, como bien decía - Trotsky, "No estamos contra la unidad. Pero estamos contra el feti­chismo, la superstición y la ceguera. La unidad en si misma no resuelve nada ( . .) Lo que decide la cuestión no es la unidad en si misma sino su contenido político real" (1). Sin embargo se repite una vez mas en numerosas orga­nizaciones esta suerte de "apología de la unidad" que se sostiene no en la defensa de principios políticos comunes. sino en el balance de las propias limitaciones y en la búsqueda desesperada de una solución urgente frente a la carencia de un autentico partido revolucio­nario. Y realmente es preocupante esta carencia y urgente la tarea de su construcción, pero vemos tam­bién con preocupación la corta vida y el quietismo al que pueden llegar las organizaciones que toman como método la unidad sin fuertes principios de acuerdo o, como se suele decir, "priorizando, las coincidencias y dejando a un lado las diferencias”.

La vocación de trabajo y militancia unitaria es propia de todos los que emprendemos la lucha por la revolución; pero el análisis, el método y el carácter de la unidad debe ser atendido para cada circunstancia con la mayor seriedad. Así pues, el frente único, que es la unidad de acción concre­ta frente a una situación o lucha concreta con todos aquellos que estén dispuestos a llevarla a cabo, sin ataduras hacia el futuro (como si las tiene un frente electoral o, mucho mas, la conformación de una organización común) es una tarea que puede llevarse a cabo muy a menudo con un amplio arco de organizaciones y militan­tes. Pero cuando el frente no es ya para la acción inmediata, sino para encarar juntos tareas 'mas extensas (que van desde acuerdos sindicales hasta la construcción partidaria), se hace imprescindi­ble una seria comunión de princi­pios que deben ser confirmados no sólo en los acuerdos escritos sino, en la practica militante comprobada.

Es fundamental, en home­naje a los trabajadores caídos en la lucha por la emancipación, pero principalmente por los que esta­mos y por aquellos que vendrán a entregar su sangre en la lucha revolucionaria, tomar con la mayor celeridad y la mayor seriedad el problema de la construcción de un partido de nuestra clase que este dispuesto a llevar adelante las mas altas tareas de la revolución. Y esta tarea es la militancia, el desarrollo, ­el crecimiento, pero también y sobre todo, la defensa de los prin­cipios del marxismo revoluciona­rio que en su lucha permanente contra la burguesía ha desarrolla­do amplias experiencias y sacado balance en ellas, avanzando así en el único camino que llevara a la emancipación a los trabajadores: la revolución socialista.

(1) León Trotsky, citado por Mil­cíades Peña en- "El legado del bona­partismo: conservadurismo y quietis­mo en la clase obrera argentina". 1964.