Un poco de historia
La deuda externa ha sido, desde que Argentina existe como tal y hasta la actualidad, una de las demostraciones más cabales de la dependencia de nuestro país. A costa siempre del ajuste sobre el pueblo trabajador, el endeudamiento externo ha funcionado como gran negocio para gobernantes y capitalistas locales y como método de transferencia de riquezas hacia las potencias imperialistas.
En nuestro anterior número, repasamos brevemente cómo el empresariado nacional ha utilizado el endeudamiento externo a lo largo de la historia para financiar sus negocios, descargando el peso de los pagos sobre el pueblo trabajador a través de sucesivos ajustes. A partir de la dictadura iniciada en marzo de 1976 y hasta la actualidad, todos los gobiernos, tanto militares como civiles, se han beneficiado con la expansión de la deuda externa que, con el transcurso de los años, se ha multiplicado varias veces.
Desde el inicio mismo del gobierno militar, encabezado por el general Videla, y con José Alfredo Martínez de Hoz(1) como ministro de economía, y posteriormente con Cavallo(2) al frente del Banco Central, el endeudamiento externo, tanto público como privado (realizado directamente por grupos empresarios privados), se aceleró y los negociados que se generaron fueron escandalosos.
Por un lado, el gobierno utilizó el endeudamiento de las empresas estatales para conseguir financiamiento propio. Entre otras, Gas del Estado, YPF y SEGBA fueron endeudadas, tomando crédito por cifras millonarias, que nunca llegaron a utilizar para inversiones propias, ya que los dólares quedaban directamente a disposición del gobierno, a través del Banco Central. La deuda de YPF, por ejemplo, pasó de 300 a más de 6.000 millones de dólares en pocos años.
Por otra parte, con respecto a la deuda privada, las empresas fueron beneficiadas por un seguro de cambio que comenzó a entregar el gobierno en 1981. Estos seguros cubrían la diferencia del valor del dólar entre el momento de la toma de deuda y el momento del pago. Con las sucesivas devaluaciones (por ejemplo, durante el gobierno del general Viola, que sucedió a Videla, hubo dos importantes en marzo y junio del ´81), el estado terminó asumiendo el 90% de la deuda privada. Este mecanismo abrió la puerta para que los distintos grupos empresarios hicieran grandes negociados a través de este sistema, con métodos como autopréstamos, proyectos de inversiones nunca realizadas y subfacturación para abultar las deudas. De esta forma, los millones de dólares de los créditos quedaban en las cuentas empresarias, mientras que la deuda era asumida mayoritariamente por el estado. Entre la larga lista de empresas que hicieron negocios de este tipo se destacan Renault Argentina, Sideco y Socma (Grupo Macri), Suchard, Cargill, Celulosa Jujuy, Techint, Ford Argentina, Acindar, Textil Sudamericana, Petrolera Pérez Companc, Grupo Soldati y Fiat. Estos fraudes se hicieron a través de los principales bancos yanquis y europeos, que hoy en día siguen administrando buena parte de la deuda argentina, como el Citibank y el Barclays. Como contracara de todos estos grandes negociados para la clase capitalista local, se generalizaron los despidos y se avanzó con la flexibilización laboral que terminó barriendo con importantes conquistas que la clase trabajadora había obtenido anteriormente tras años de lucha.
En 1983, con el traspaso de mando por parte de los militares y el retorno al régimen electoral, se puso sobre la mesa la cuestión de la deuda externa. En los inicios del gobierno de Alfonsín, su ministro de economía Bernardo Grinspun discurseó (como haría el kirchnerismo veinte años después) sobre la necesidad de obtener “independencia del FMI”, al tiempo que lanzaba una campaña llamando a investigar la deuda y a renegociar una buena parte de la misma, catalogada como “ilegítima”. De manera simbólica, se organizó una comisión del Banco Central para analizar la evolución de la deuda privada durante los años de gobierno militar. Claro que las promesas de Grinspun jamás pasaron de eso. Toda esa puesta en escena sirvió al gobierno radical únicamente para continuar profundizando el endeudamiento y cumpliendo con los pagos. A partir del año ´84, se comenzó a tomar nuevos créditos por cifras millonarias para pagar los vencimientos de deuda generados por los gobiernos anteriores y se retomaron las renegociaciones, como siempre favorables a la banca internacional. Con respecto a la comisión investigadora, más allá de que las irregularidades encontradas en la pequeña porción de deuda investigada fueron groseras, fue dejada de lado al poco tiempo. Para que no quedaran dudas de su voluntad de pago, lo diría clarito el propio Alfonsín en una visita a EEUU en 1984: el objetivo de su gobierno era “trabajar, producir, exportar y pagar lo que debemos”.
Durante el gobierno del PJ, conducido por Menem en la década de los ´90, el FMI dictó la política económica de punta a punta: privatizaciones, apertura comercial y financiera, pago de la deuda y ajuste, por ejemplo, con fuertes reducciones de los presupuestos de salud y educación. Con la aceptación del Consenso de Washington y del Plan Brady, implementados a nivel local por los ministros Erman González y Domingo Cavallo, se profundizó la dependencia del país. El Plan Brady, diseñado por el secretario del Tesoro de EEUU, consistió en un refinanciamiento de la deuda externa, de excelentes resultados para los acreedores, que se coronó, por ejemplo, con la posibilidad de compra de las empresas estatales, durante el proceso de privatizaciones. Además, en este período, el endeudamiento se incrementó enormemente para cubrir la demanda de dólares necesaria para sostener la paridad peso-dólar de la convertibilidad. De esta forma, mientras que en 1992, la deuda externa se estimaba en u$s59.123 millones, en 1999 era de u$s121.877 millones.
A la vista está, una vez más, que la deuda externa está en la esencia misma del capitalismo argentino. Todos sus gobiernos, tanto civiles como militares, liberales o progresistas, han participado y contribuido en este circuito de pagos y endeudamiento. De esta forma, la deuda externa ha ido creciendo a lo largo de los años de forma sideral. Cada uno de los miles de millones de dólares que hoy conforman esta deuda, han sido generados por la clase capitalista local y sus gobiernos, sirviendo para engordar sus cuentas bancarias, fortalecer sus inversiones y mejorar sus márgenes de ganancia. Todo esto, al tiempo que se profundiza la dependencia, con la transferencia de una buena parte de las riquezas generadas en el país al capital internacional, organizado actualmente en los organismos multinacionales de crédito. El peso de los pagos, como lo exigen estos organismos y como no podría ser de otra manera, ha recaído siempre sobre las espaldas del pueblo trabajador a través de sucesivos ajustes que han implicado reducciones salariales, desfinanciamiento brutal de la salud y la educación publica, leyes de flexibilización laboral… Ningún gobierno que se mantenga dentro de los marcos del sistema capitalista irá contra la deuda externa ya que los negociados e intereses del empresariado local se encuentran atados al mercado internacional y a la posibilidad de continuar financiándose a través del endeudamiento externo. Como señaláramos a comienzos de este año: “la clase trabajadora es la única que no tiene nada que perder y sí, en cambio, mucho que ganar desconociendo los acuerdos firmados por sus explotadores con los imperialistas. Solamente un gobierno de los trabajadores puede enterrar de una vez y para siempre el flagelo de una deuda que sólo representa privaciones para el pueblo trabajador”.
Notas:
1) José Alfredo Martínez de Hoz forma parte de una de las familias más importantes de la burguesía nacional. Vinculados mayormente a los negocios rurales, como grandes terratenientes, los Martínez de Hoz fueron unos de los principales impulsores y beneficiarios de la denominada “campaña del desierto”, y fundaron y presidieron por varios años la Sociedad Rural y el Jockey Club. José Alfredo fue en varias oportunidades ministro de economía: de la provincia de Salta, durante el gobierno de Aramburu, y a nivel nacional, en 1962, por primera vez, y entre 1976 y 1981. Además de la administración de los negocios rurales familiares, José Alfredo Martínez de Hoz diversificó sus inversiones siendo directivo e inversor de empresas como Acindar y la Compañía Italo Argentina. A nivel internacional, además de amigo personal de Rockefeller, fue miembro del Consejo Asesor del Chase Manhattan Bank.
2) Domingo Felipe Cavallo se desempeñó como funcionario de primera línea de varios gobiernos, tanto civiles como militares. En 1982, fue presidente del Banco Central, siendo uno de los principales impulsores del sistema de seguros de cambio que terminó transfiriendo la mayor parte de la deuda de las empresas privadas al estado nacional. Con el fin de la dictadura, trabajó como asistente del dirigente peronista cordobés, Manuel de la Sota. Fue ministro de economía de los gobiernos de Menem-Duhalde y De la Rúa-“Chacho” Álvarez, desde los cuales impulsó incontables planes de ajuste sobre la clase trabajadora. Fue uno de los creadores y defensores de la convertibilidad.