Pasan los años, pasan los gobiernos, y la situación de los trabajadores sigue siendo pésima. Los empresarios piden que los apoyemos. Dicen: “si a nosotros nos va bien a ustedes también les irá bien”. Los políticos patronales, sean más “de derecha” o más “progresistas”, dicen lo mismo: que debemos marchar juntos, trabajadores y empresarios. Nos prometen que en un futuro eso nos llevará a estar mejor. También los burócratas sindicales repiten que en base a la conciliación entre trabajadores y capitalistas estaremos mejor. Pero, pasa el tiempo y las cosas no son como ellos nos dicen, sino exactamente al revés.
Mientras empresarios, políticos patronales y burócratas están cada vez mejor, mientras muchos de ellos viven en el lujo y se vuelven millonarios, el conjunto del pueblo trabajador está cada vez más golpeado, más empobrecido: suben los precios de los productos básicos, baja el salario real, empeoran las condiciones de las escuelas y los hospitales, crece la drogadicción entre los pibes, se extienden las villas miserias...
Por supuesto, nos seguirán diciendo que aceptemos las cosas como están. Es una forma de defender sus privilegios, de defender al capitalismo que les permite tener esos privilegios. Pero es justamente el sostenimiento de ese sistema social el que hace imposible que los trabajadores estemos mejor, porque en el capitalismo, para que a algunos les vaya bien, como sucede con los empresarios y sus socios, es preciso que la inmensa mayoría estemos en pésimas condiciones. En este sistema social, el beneficio de esos pocos capitalistas es siempre a costa de la explotación y la miseria del pueblo trabajador.
Dos clases opuestas: los que producimos la riqueza y los que se la apropian
En cualquier sociedad lo que sostiene a los hombres y permite el mejoramiento de sus condiciones de vida es el fruto del trabajo productivo, la labor de los trabajadores.
En el capitalismo, la clase trabajadora es la que produce todo, tanto lo poco que nos toca a nosotros, como lo mucho que nos es negado y que disfruta un pequeño número de ricos. Desde la elaboración de los bienes más básicos como la comida o la vestimenta, hasta la construcción de majestuosas mansiones o grandes obras de infraestructura, todo, absolutamente todo ha sido hecho y transformado por las manos del pueblo trabajador.
Pero la forma en que se organiza la producción en el capitalismo hace que los mismos que trabajamos día a día, que ponemos esfuerzo y parte de nuestra vida en una fábrica o en cualquier empresa, lo hagamos sin que casi nada de eso nos sea devuelto. ¿Cuántos peones cosechan caudales de alimentos y después no tienen que darle de comer a sus familias? ¿Cuántos obreros construyen diariamente casas o autos y deben luego trabajar por décadas para intentar comprarse algo?
El problema central es que en el capitalismo, mientras la clase trabajadora produce, quienes manejan la producción y su distribución son los empresarios. Ellos también son una clase, la clase que vive del trabajo de los demás, la clase de los capitalistas, la burguesía. Ellos se aprovechan de su situación de privilegio para mantener su poder y acrecentar sus ganancias, y reparten una parte de sus riquezas sólo con quienes les ayudan a mantener su poder, como sucede con los políticos patronales y los burócratas sindicales.
Su riqueza es nuestra carencia
Para poder establecer una relación de dominio frente a los trabajadores, los capitalistas aprovechan que se han apoderado de riquezas que los trabajadores no tenemos y usan su capital como recurso para someternos y sacarnos el fruto de nuestro trabajo.
¿Cómo lo hacen? Ellos tienen una ventaja inicial que ningún trabajador tiene: con la plata que poseen pueden poner empresas y negocios, pueden conseguir máquinas, locales y materias primas, y pueden, por sobre todo, conseguir quien las ponga a producir por un magro salario.
Se aprovechan porque saben que los trabajadores, al no tener el dinero que ellos tienen, necesitamos del trabajo para poder sobrevivir y nos vemos obligados a trabajar para ellos, aunque sepamos que los que producimos somos nosotros, aunque sepamos que ellos se quedan con casi todo lo que hacemos y nosotros con casi nada.
Así, en el capitalismo, la burguesía necesita que los trabajadores vivamos empobrecidos, que no seamos dueños de casi nada, que estemos necesitados de acudir a los empresarios para poder sobrevivir. Es la forma en que ellos pueden garantizar que nosotros trabajemos para ellos por salarios miserables y que, de ese modo, ellos ganen a costa nuestra. Y esto es así en todos los casos, más allá de que los capitalistas sean de acá o de afuera, sean grandes o PYMES, sean de la industria, el campo o las finanzas, siempre su ganancia se hace en base a la explotación de los trabajadores.
Es muy importante tener eso en cuenta, porque si en el capitalismo la fortuna de los empresarios está hecha en base a las malas condiciones de vida de los trabajadores, es imposible que estas condiciones cambien realmente si no se transforman las relaciones que lo sostienen. Es imposible que los trabajadores tengamos una vida digna mientras vivamos en un sistema que somete a la clase trabajadora a la explotación de la burguesía para que ésta se enriquezca a nuestra costa.
Recuperar lo que es nuestro
La clase trabajadora compone la enorme mayoría de la sociedad. Es, además, su parte fundamental, la que la hace andar, y por eso mismo, la que puede paralizar todo su funcionamiento. Los trabajadores estamos en todos lados: somos obreros en las fábricas, empleados en los transportes y los servicios, peones en los campos... tenemos el peso y la fuerza para orientar el rumbo de la sociedad.
Conquistar lo que es nuestro significa, inevitablemente, enfrentar a este sistema, enfrentar a los capitalistas que se quedaron con todo. Ellos son una clase minoritaria pero que vive y se enriquece a costa de nuestra desgracia. La posibilidad de que los trabajadores estemos mejor implica, indefectiblemente, enfrentar a los que se apropian de nuestro trabajo. No hay convivencia posible con los enemigos del pueblo trabajador. No hay conciliación entre ellos, los que viven del trabajo ajeno, de nuestra explotación, y nosotros, que sí trabajamos, que no le sacamos nada a nadie y que tenemos derecho a vivir dignamente.
El problema de los trabajadores no es un problema de números o de fuerza sino de organización. Si los trabajadores logramos organizarnos y enfrentar a la burguesía, a sus gobiernos y a sus burócratas podemos hacer que las cosas sean distintas. Por eso, la tarea central que tenemos por delante, si queremos vivir dignamente, si queremos que nuestros hijos no sean siervos al servicio de la explotación capitalista, es organizarnos para luchar por una nueva sociedad.
En contraposición al capitalismo y su explotación, los trabajadores podemos organizarnos en una sociedad basada en el trabajo de todos y cuyos frutos, en vez de ser apropiados por un pequeño número de empresarios parásitos, sean para todos los trabajadores; una sociedad en donde nos organicemos y gobernemos los mismos trabajadores, una sociedad socialista.
Para alcanzar esos cambios los trabajadores necesitamos organizarnos y pelear por la transformación social, hacer la revolución, hasta conquistar esa nueva sociedad. Por eso, todos los esfuerzos que llevamos adelante en el marco de la organización y la lucha de los trabajadores, si queremos que redunden en cambios de fondo para nuestra clase, debemos orientarlos para dar impulso a la revolución socialista.
Mientras empresarios, políticos patronales y burócratas están cada vez mejor, mientras muchos de ellos viven en el lujo y se vuelven millonarios, el conjunto del pueblo trabajador está cada vez más golpeado, más empobrecido: suben los precios de los productos básicos, baja el salario real, empeoran las condiciones de las escuelas y los hospitales, crece la drogadicción entre los pibes, se extienden las villas miserias...
Por supuesto, nos seguirán diciendo que aceptemos las cosas como están. Es una forma de defender sus privilegios, de defender al capitalismo que les permite tener esos privilegios. Pero es justamente el sostenimiento de ese sistema social el que hace imposible que los trabajadores estemos mejor, porque en el capitalismo, para que a algunos les vaya bien, como sucede con los empresarios y sus socios, es preciso que la inmensa mayoría estemos en pésimas condiciones. En este sistema social, el beneficio de esos pocos capitalistas es siempre a costa de la explotación y la miseria del pueblo trabajador.
Dos clases opuestas: los que producimos la riqueza y los que se la apropian
En cualquier sociedad lo que sostiene a los hombres y permite el mejoramiento de sus condiciones de vida es el fruto del trabajo productivo, la labor de los trabajadores.
En el capitalismo, la clase trabajadora es la que produce todo, tanto lo poco que nos toca a nosotros, como lo mucho que nos es negado y que disfruta un pequeño número de ricos. Desde la elaboración de los bienes más básicos como la comida o la vestimenta, hasta la construcción de majestuosas mansiones o grandes obras de infraestructura, todo, absolutamente todo ha sido hecho y transformado por las manos del pueblo trabajador.
Pero la forma en que se organiza la producción en el capitalismo hace que los mismos que trabajamos día a día, que ponemos esfuerzo y parte de nuestra vida en una fábrica o en cualquier empresa, lo hagamos sin que casi nada de eso nos sea devuelto. ¿Cuántos peones cosechan caudales de alimentos y después no tienen que darle de comer a sus familias? ¿Cuántos obreros construyen diariamente casas o autos y deben luego trabajar por décadas para intentar comprarse algo?
El problema central es que en el capitalismo, mientras la clase trabajadora produce, quienes manejan la producción y su distribución son los empresarios. Ellos también son una clase, la clase que vive del trabajo de los demás, la clase de los capitalistas, la burguesía. Ellos se aprovechan de su situación de privilegio para mantener su poder y acrecentar sus ganancias, y reparten una parte de sus riquezas sólo con quienes les ayudan a mantener su poder, como sucede con los políticos patronales y los burócratas sindicales.
Su riqueza es nuestra carencia
Para poder establecer una relación de dominio frente a los trabajadores, los capitalistas aprovechan que se han apoderado de riquezas que los trabajadores no tenemos y usan su capital como recurso para someternos y sacarnos el fruto de nuestro trabajo.
¿Cómo lo hacen? Ellos tienen una ventaja inicial que ningún trabajador tiene: con la plata que poseen pueden poner empresas y negocios, pueden conseguir máquinas, locales y materias primas, y pueden, por sobre todo, conseguir quien las ponga a producir por un magro salario.
Se aprovechan porque saben que los trabajadores, al no tener el dinero que ellos tienen, necesitamos del trabajo para poder sobrevivir y nos vemos obligados a trabajar para ellos, aunque sepamos que los que producimos somos nosotros, aunque sepamos que ellos se quedan con casi todo lo que hacemos y nosotros con casi nada.
Así, en el capitalismo, la burguesía necesita que los trabajadores vivamos empobrecidos, que no seamos dueños de casi nada, que estemos necesitados de acudir a los empresarios para poder sobrevivir. Es la forma en que ellos pueden garantizar que nosotros trabajemos para ellos por salarios miserables y que, de ese modo, ellos ganen a costa nuestra. Y esto es así en todos los casos, más allá de que los capitalistas sean de acá o de afuera, sean grandes o PYMES, sean de la industria, el campo o las finanzas, siempre su ganancia se hace en base a la explotación de los trabajadores.
Es muy importante tener eso en cuenta, porque si en el capitalismo la fortuna de los empresarios está hecha en base a las malas condiciones de vida de los trabajadores, es imposible que estas condiciones cambien realmente si no se transforman las relaciones que lo sostienen. Es imposible que los trabajadores tengamos una vida digna mientras vivamos en un sistema que somete a la clase trabajadora a la explotación de la burguesía para que ésta se enriquezca a nuestra costa.
Recuperar lo que es nuestro
La clase trabajadora compone la enorme mayoría de la sociedad. Es, además, su parte fundamental, la que la hace andar, y por eso mismo, la que puede paralizar todo su funcionamiento. Los trabajadores estamos en todos lados: somos obreros en las fábricas, empleados en los transportes y los servicios, peones en los campos... tenemos el peso y la fuerza para orientar el rumbo de la sociedad.
Conquistar lo que es nuestro significa, inevitablemente, enfrentar a este sistema, enfrentar a los capitalistas que se quedaron con todo. Ellos son una clase minoritaria pero que vive y se enriquece a costa de nuestra desgracia. La posibilidad de que los trabajadores estemos mejor implica, indefectiblemente, enfrentar a los que se apropian de nuestro trabajo. No hay convivencia posible con los enemigos del pueblo trabajador. No hay conciliación entre ellos, los que viven del trabajo ajeno, de nuestra explotación, y nosotros, que sí trabajamos, que no le sacamos nada a nadie y que tenemos derecho a vivir dignamente.
El problema de los trabajadores no es un problema de números o de fuerza sino de organización. Si los trabajadores logramos organizarnos y enfrentar a la burguesía, a sus gobiernos y a sus burócratas podemos hacer que las cosas sean distintas. Por eso, la tarea central que tenemos por delante, si queremos vivir dignamente, si queremos que nuestros hijos no sean siervos al servicio de la explotación capitalista, es organizarnos para luchar por una nueva sociedad.
En contraposición al capitalismo y su explotación, los trabajadores podemos organizarnos en una sociedad basada en el trabajo de todos y cuyos frutos, en vez de ser apropiados por un pequeño número de empresarios parásitos, sean para todos los trabajadores; una sociedad en donde nos organicemos y gobernemos los mismos trabajadores, una sociedad socialista.
Para alcanzar esos cambios los trabajadores necesitamos organizarnos y pelear por la transformación social, hacer la revolución, hasta conquistar esa nueva sociedad. Por eso, todos los esfuerzos que llevamos adelante en el marco de la organización y la lucha de los trabajadores, si queremos que redunden en cambios de fondo para nuestra clase, debemos orientarlos para dar impulso a la revolución socialista.