La Cumbre del G-20, organizada en Pittsburgh, fue en esta oportunidad el escenario que el gobierno kirchnerista encontró para reunirse con el empresariado yanqui y continuar con el acercamiento al FMI.
La comitiva argentina, encabezada por Cristina Fernández, los ministros Tomada y Boudou, y a la que se sumaron, también, Taiana, Zannini, Capitanich y Díaz Bancalari, viajó a EEUU para participar de la Asamblea de las Naciones Unidas y de la cumbre del G-20. En la semana que pasaron en el país del norte, los funcionarios argentinos no perdieron el tiempo. Los primeros encuentros fueron con lo más concentrado de los capitalistas yanquis en la sala de reuniones del hotel Four Seasons. Estuvieron los ejecutivos de General Motors, IBM, Microsoft, Pfizer, Bunge, Cargill, Cisco y DirectTV, entre otros. Ante semejante auditorio, la presidenta volvió a repetir su ya clásico libreto: se comprometió a continuar con el pago de la deuda e insistió con que Argentina es una gran oportunidad de negocios para los capitales norteamericanos, presentando, como garantía, la represión a los obreros de la empresa norteamericana Kraft.
Con el mismo tono participó de una mesa redonda organizada por la Iniciativa Global Clinton y se reunió con el jefe del BID, el colombiano Luis Alberto Moreno. Como lo había hecho en la última cumbre, Cristina Fernández se pronunció a favor de la capitalización del organismo y discutió sobre futuros préstamos para el país.
Amado Boudou, por su parte, se juntó con la ministra de economía de Francia, Christine Lagarde, para acercar posiciones con respecto a la deuda con el Club de París. “Es uno de los temas más importantes de la agenda económica, porque permitirá el acceso de las empresas privadas al crédito externo”, sentenció, sin vueltas, el ministro a la salida de la reunión.
En la cumbre del G-20, la comitiva kirchnerista centró su atención en las reuniones de acercamiento con el FMI. Se anunció finalmente que el Fondo volverá a hacer la revisión anual de la economía, como lo establece su artículo IV. “Todos los países miembros hacen artículo cuarto, inclusive Venezuela, pero aquello de que el Fondo venía a indicarnos políticas es un asunto del pasado. Las misiones, como en el pasado, son historia”, afirmó la presidenta, intentando restarle importancia a lo acordado y contribuyendo a la idea que planteara Lula de que existe un “nuevo” FMI. Si algo hay de cierto en sus declaraciones, es que la política económica del gobierno no se verá afectada en absoluto por los compromisos firmados en Pittsburgh. Desde 2003 hasta hoy, el FMI y el Departamento de Estado yanqui han elogiado la política fiscal y los principales lineamientos económicos del kirchnerismo, que han garantizado un abultado superávit que permitió pagar miles de millones de dólares de deuda a costa del ajuste creciente sobre los trabajadores y los sectores populares.
De esta forma, el kirchnerismo cerró una nueva gira que marca un paso más en la entrega nacional, con más pago de la deuda, más dependencia y la garantía de grandes negocios para los capitales yanquis en el país.
La “mafia” de los medicamentos
La comitiva argentina, encabezada por Cristina Fernández, los ministros Tomada y Boudou, y a la que se sumaron, también, Taiana, Zannini, Capitanich y Díaz Bancalari, viajó a EEUU para participar de la Asamblea de las Naciones Unidas y de la cumbre del G-20. En la semana que pasaron en el país del norte, los funcionarios argentinos no perdieron el tiempo. Los primeros encuentros fueron con lo más concentrado de los capitalistas yanquis en la sala de reuniones del hotel Four Seasons. Estuvieron los ejecutivos de General Motors, IBM, Microsoft, Pfizer, Bunge, Cargill, Cisco y DirectTV, entre otros. Ante semejante auditorio, la presidenta volvió a repetir su ya clásico libreto: se comprometió a continuar con el pago de la deuda e insistió con que Argentina es una gran oportunidad de negocios para los capitales norteamericanos, presentando, como garantía, la represión a los obreros de la empresa norteamericana Kraft.
Con el mismo tono participó de una mesa redonda organizada por la Iniciativa Global Clinton y se reunió con el jefe del BID, el colombiano Luis Alberto Moreno. Como lo había hecho en la última cumbre, Cristina Fernández se pronunció a favor de la capitalización del organismo y discutió sobre futuros préstamos para el país.
Amado Boudou, por su parte, se juntó con la ministra de economía de Francia, Christine Lagarde, para acercar posiciones con respecto a la deuda con el Club de París. “Es uno de los temas más importantes de la agenda económica, porque permitirá el acceso de las empresas privadas al crédito externo”, sentenció, sin vueltas, el ministro a la salida de la reunión.
En la cumbre del G-20, la comitiva kirchnerista centró su atención en las reuniones de acercamiento con el FMI. Se anunció finalmente que el Fondo volverá a hacer la revisión anual de la economía, como lo establece su artículo IV. “Todos los países miembros hacen artículo cuarto, inclusive Venezuela, pero aquello de que el Fondo venía a indicarnos políticas es un asunto del pasado. Las misiones, como en el pasado, son historia”, afirmó la presidenta, intentando restarle importancia a lo acordado y contribuyendo a la idea que planteara Lula de que existe un “nuevo” FMI. Si algo hay de cierto en sus declaraciones, es que la política económica del gobierno no se verá afectada en absoluto por los compromisos firmados en Pittsburgh. Desde 2003 hasta hoy, el FMI y el Departamento de Estado yanqui han elogiado la política fiscal y los principales lineamientos económicos del kirchnerismo, que han garantizado un abultado superávit que permitió pagar miles de millones de dólares de deuda a costa del ajuste creciente sobre los trabajadores y los sectores populares.
De esta forma, el kirchnerismo cerró una nueva gira que marca un paso más en la entrega nacional, con más pago de la deuda, más dependencia y la garantía de grandes negocios para los capitales yanquis en el país.
La “mafia” de los medicamentos