El Revolucionario Nº45 (Abril de 2009)
Los funerales de Raúl Alfonsín sirvieron para que se lo presentara como el “padre de la democracia”, el “estadista honrado y humilde”, el “defensor de los derechos humanos y las libertades cívicas”. Un poco de buena memoria desmiente a los cadáveres de la política que escoltaron el cajón, como Leopoldo Moreau, Enrique “Coti” Nosiglia, Marcelo Stubrin, Aníbal Ibarra, Graciela Fernández Meijide, Antonio Cafiero, Storani o Suárez Lastra.
Con el Plan Austral, la “economía de guerra” y el Plan Primavera, profundizó la dependencia y la entrega. Mientras la inflación se comía el salario de los trabajadores a un infernal ritmo que llegó al 300% anual, acató mansamente los mandatos del FMI, además de aumentar la deuda externa con préstamos del Banco Mundial, el Club de París, el Banco Interamericano de Desarrollo y la banca privada. A fines de 1986, combinó la apertura del mercado a productos extranjeros con la “reforma del estado” y el inicio de la ola privatizadora de empresas de servicios públicos. La reducción del empleo público, el “ahorro forzoso” y el congelamiento de salarios completaron el panorama. Mientras tanto, los funcionarios se enriquecían al amparo de negociados como los créditos del Banco Hipotecario, útiles también para cerrar tratos con algunos referentes de la oposición, como el peronista León Arslanian.
En materia de derechos humanos, la CONADEP y su Nunca Más instalaron oficialmente la teoría de los Dos Demonios, mientras siguieron en prisión los presos políticos condenados por jueces de la dictadura. El tan propagandizado juicio a los comandantes garantizó la impunidad al reducir el reproche a los integrantes de las tres primeras juntas militares. Luego, Alfonsín pactó con los carapintadas, “esos muchachos que son héroes de Malvinas”, en Semana Santa de 1987. Con las “Felices Pascuas, la casa está en orden” anunció la obediencia debida y el punto final.
La desocupación creciente, el hambre y la miseria generaron los saqueos de 1989, reprimidos con una dureza superior a la que usaría De la Rua en 2001. Alfonsín decretó el estado de sitio, y movilizó más de 2.000 tropas de gendarmería. El 29 de mayo de 1989, más de 400 personas fueron arrestadas a disposición del poder ejecutivo en el Gran Buenos Aires. En Rosario, con toque de queda, los presos fueron más de 2.000. Como el 16 de junio de 1955, nunca sabremos con certeza cuántos muertos hubo en el país en esos días. Unos meses antes, en La Tablada, ordenó la represión con bombas de fósforo blanco, torturas y fusilamientos de los sobrevivientes, algunos de los cuales siguen hoy desaparecidos.
El gatillo fácil floreció en tiempos alfonsinistas. Los primeros intentos organizativos de familiares y vecinos en Ingeniero Budge y San Francisco Solano fueron estigmatizados por el gobierno como movimientos de revoltosos que atentaban contra las instituciones.
Después de abandonar anticipadamente el gobierno, Alfonsín de dedicó a seguir negociando una porción de poder, como cuando su Pacto de Olivos permitió la reelección menemista. Luego, fue el principal impulsor de la Alianza, y el que ordenó a Cobos sumarse a la Concertación. Uno de sus últimos gestos políticos, fue la satisfacción que expresó por el nuevo presidente yanqui, Barack Obama. No sorprende, pues, que todos los burgueses, del color que sean, recuperaran su cadáver para exaltarlo como el “padre de la democracia”. La democracia de la burguesía, que sostiene su ganancia a costa de explotación y represión a los trabajadores.
Los funerales de Raúl Alfonsín sirvieron para que se lo presentara como el “padre de la democracia”, el “estadista honrado y humilde”, el “defensor de los derechos humanos y las libertades cívicas”. Un poco de buena memoria desmiente a los cadáveres de la política que escoltaron el cajón, como Leopoldo Moreau, Enrique “Coti” Nosiglia, Marcelo Stubrin, Aníbal Ibarra, Graciela Fernández Meijide, Antonio Cafiero, Storani o Suárez Lastra.
Con el Plan Austral, la “economía de guerra” y el Plan Primavera, profundizó la dependencia y la entrega. Mientras la inflación se comía el salario de los trabajadores a un infernal ritmo que llegó al 300% anual, acató mansamente los mandatos del FMI, además de aumentar la deuda externa con préstamos del Banco Mundial, el Club de París, el Banco Interamericano de Desarrollo y la banca privada. A fines de 1986, combinó la apertura del mercado a productos extranjeros con la “reforma del estado” y el inicio de la ola privatizadora de empresas de servicios públicos. La reducción del empleo público, el “ahorro forzoso” y el congelamiento de salarios completaron el panorama. Mientras tanto, los funcionarios se enriquecían al amparo de negociados como los créditos del Banco Hipotecario, útiles también para cerrar tratos con algunos referentes de la oposición, como el peronista León Arslanian.
En materia de derechos humanos, la CONADEP y su Nunca Más instalaron oficialmente la teoría de los Dos Demonios, mientras siguieron en prisión los presos políticos condenados por jueces de la dictadura. El tan propagandizado juicio a los comandantes garantizó la impunidad al reducir el reproche a los integrantes de las tres primeras juntas militares. Luego, Alfonsín pactó con los carapintadas, “esos muchachos que son héroes de Malvinas”, en Semana Santa de 1987. Con las “Felices Pascuas, la casa está en orden” anunció la obediencia debida y el punto final.
La desocupación creciente, el hambre y la miseria generaron los saqueos de 1989, reprimidos con una dureza superior a la que usaría De la Rua en 2001. Alfonsín decretó el estado de sitio, y movilizó más de 2.000 tropas de gendarmería. El 29 de mayo de 1989, más de 400 personas fueron arrestadas a disposición del poder ejecutivo en el Gran Buenos Aires. En Rosario, con toque de queda, los presos fueron más de 2.000. Como el 16 de junio de 1955, nunca sabremos con certeza cuántos muertos hubo en el país en esos días. Unos meses antes, en La Tablada, ordenó la represión con bombas de fósforo blanco, torturas y fusilamientos de los sobrevivientes, algunos de los cuales siguen hoy desaparecidos.
El gatillo fácil floreció en tiempos alfonsinistas. Los primeros intentos organizativos de familiares y vecinos en Ingeniero Budge y San Francisco Solano fueron estigmatizados por el gobierno como movimientos de revoltosos que atentaban contra las instituciones.
Después de abandonar anticipadamente el gobierno, Alfonsín de dedicó a seguir negociando una porción de poder, como cuando su Pacto de Olivos permitió la reelección menemista. Luego, fue el principal impulsor de la Alianza, y el que ordenó a Cobos sumarse a la Concertación. Uno de sus últimos gestos políticos, fue la satisfacción que expresó por el nuevo presidente yanqui, Barack Obama. No sorprende, pues, que todos los burgueses, del color que sean, recuperaran su cadáver para exaltarlo como el “padre de la democracia”. La democracia de la burguesía, que sostiene su ganancia a costa de explotación y represión a los trabajadores.