Levantamiento popular en el norte de África

Desde comienzos del mes de enero amplios sectores populares del norte de África vienen dando impulso a una lucha sin precedentes en las últimas décadas, que incluye movilizaciones multitudinarias y fuertes enfrentamientos contra la represión policial y militar. De esta forma primero se llegó al derrocamiento del gobierno antipopular de Túnez, y luego se extendió la lucha en los otros países de la región con gran impulso en Jordania, Yemen y sobre todo en Egipto, donde, hasta el momento, la movilización ha obligado al gobierno a hacer renunciar a todo el gabinete de ministros y aún se sostiene la lucha con la expectativa de voltear al presidente.




Estos levantamientos populares se vienen desplegando para enfrentar una situación de opresión de la que forman parte tanto la persecución política y la represión, como las crecientes dificultades socioeconómicas. Es que, por una parte, el grueso de los regímenes de la región se sostiene en base a la represión y la persecución política a los luchadores, la proscripción de los partidos opositores, la multiplicación de los exiliados y los presos políticos. Pero además, por otra parte, las condiciones sociales son realmente denigrantes, con altos índices de pobreza y de desocupación, y esta situación se ve ahora agravada en el marco de la crisis económica internacional, las mayores dificultades para entrar y trabajar en Europa, la caída de los ingresos por el turismo, y los ajustes realizados por los gobiernos.

En el caso de Túnez, si bien ya existían importantes muestras de descontento social, la inmolación de un joven el pasado 17 de diciembre hizo acelerar el proceso de movilización popular. Mohamed Buazizi, quien trataba de sobrevivir vendiendo en el mercado, decidió quemarse a lo bonzo luego de que la policía confiscó su puesto. Cuando finalmente, el estudiante de 26 años murió el 4 de enero, la ira popular creció aún más.

Desde entonces las jornadas de lucha volcaron a miles de personas a las calles, en choques con la policía que se cobraron la muerte de al menos 100 manifestantes, y llevaron al derrocamiento del gobierno el 14 de enero, cuando el presidente Ben Alí y su esposa Leila Trabelsi debieron huir del país, acusados de haber acumulado una fortuna de 3.500 millones de dólares en sus 23 años de gobierno.

A partir de entonces el pueblo de Túnez se mantuvo en lucha, mientras la burguesía local y el partido de Ben Alí, Reagrupamiento Constitucional Democrático (RCD), buscaban una salida a la crisis política, bajo la dirección de Mohamed Guanuchi, quien se desempeñó como Primer Ministro en los últimos 11 años. Gran parte del pueblo se mantuvo activo, con huelgas por sector y movilizaciones que se orientaron finalmente a la Qasba, centro político de la capital, donde miles de manifestantes, muchos de ellos provenientes de las regiones más pobres del interior del país, realizaron una larga vigilia. Así, en el marco del toque de queda y mientras se conformaban algunas instancias de organización popular, la lucha siguió exigiendo la renuncia del primer ministro y de todos los ministros del RCD. Esto primero, obligó a algunos partidos que habían negociado un gabinete mixto a retirarse de ese intento de gobierno de transición; y llevó después a Guanuchi a deshacerse del resto de sus camaradas del RCD para conformar un nuevo gabinete sin otro miembro del partido de Ben Alí que él mismo. Luego, ante la persistencia de la movilización, el 28 de enero, el gobierno desplegó una contundente represión sobre la Qasba y logró, al menos hasta el momento, reforzar su control de la situación.

Pero además, con el ejemplo de Túnez, la bronca y la respuesta popular se está extendiendo por la región. Además de numerosos casos de inmolaciones que siguen el ejemplo de Mohamed Buazizi, también se extiende en varios países la movilización de amplios sectores populares, principalmente en Jordania, Yemen, y tiene su punto más alto en Egipto.

En ese país, tras cinco días de movilizaciones y combates callejeros, el pueblo logró obligar al gobierno a que renueve todo su gabinete de ministros, y, al cierre de esta edición, sigue en lucha reclamando la renuncia del presidente Hosni Mubarak, del Partido Nacional Democrático.

Como sucedió en Túnez, también en Egipto el pueblo viene dando grandes ejemplos de lucha y combatividad. En largos enfrentamientos con las fuerzas represivas, el pueblo se defendió con todo lo que tuvo a su alcance: armas, molotov, palos y piedras, logrando hacer retroceder una y otra vez a la represión, apropiándose de sus tanques y carros de asalto, apropiándose de los bienes de los grandes negocios, incendiando los locales del partido de gobierno y copando edificios públicos.

Mientras mantiene la represión que ya se cobró al menos 100 muertos, el presidente Mubarak, en su intento de sostenerse en el poder hizo un recambio ministerial, involucrando a figuras con mayor ascendencia sobre el ejército para tratar de volcar así las fuerzas represivas del estado a su favor y evitar que se de un recambio gubernamental con otras figuras de la burguesía local que lo excluya.



Hoy no sabemos hasta donde podrá llegar el levantamiento popular en el norte de África que ya volteó un presidente en Túnez y que aún amenaza con hacerlo en Egipto. Sea como sea, estos países, que eran señalados por las grandes potencias como naciones “estables” y que, en el caso de Egipto, venía siendo un aliado central de EEUU e Israel, nos están dejando un enorme ejemplo de valor y resistencia. Como toda experiencia de lucha, el levantamiento popular del norte de África puede aportar a un balance conciente de los luchadores comprometidos en cada lugar del mundo.

Por supuesto que no podemos pedirle a esas luchas lo que no son. En este caso, siendo levantamientos con un alto grado de espontaneidad y carentes de importantes referencias políticas de izquierda o revolucionarias, es comprensible, que aún con los altos niveles de entrega por gran parte del pueblo, las conclusiones parciales de esta etapa de la lucha no lleven más allá que a recambios presidenciales, manejados por los mismos sectores económicos, e incluso por los mismos partidos políticos. Sea como sea, eso no hace más que mostrar (en África, pero también acá) que es fundamental avanzar en la organización conciente del pueblo, de su clase trabajadora y de quienes están comprometidos con un cambio revolucionario, para poder contribuir a que las luchas populares puedan encausarse en una perspectiva de transformación radical y no acaben en puros cambios cosméticos que perpetúen las penurias del pueblo trabajador.