Cuando la tierra tembló, hacía un mes que Chile había logrado ser el primer país sudamericano admitido en la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), el “club de los países ricos”, que agrupa a los más desarrollados del planeta. Bastaron unas horas para que el mundo viera caer la máscara de la “economía triunfante” de la “socialista” Concertación. Saqueos, despidos masivos, especulación sideral y represión, que no fueron causados por el terremoto, sino por la profunda injusticia que padece una mayoría silenciada por unos pocos. Los grupos empresarios, de la mano del gobierno, aprovecharon la tragedia para aumentar sus negocios.
Lograr el ingreso a la OCDE fue un objetivo de toda la dirigencia política chilena(1). Bachelet, que apenas asumida ya mandó sus carabineros a disparar contra estudiantes secundarios, dijo en su discurso de despedida presidencial que en los 20 años de gobierno de la Concertación se logró “hacer de Chile un país con mucha credibilidad”. Credibilidad para los negocios, se entiende. Por años escuchamos hablar del “ejemplo chileno”, de esa “izquierda madura” y esa “derecha tolerante”, es decir, de esa “burguesía seria” que tenía un proyecto de país.
Y de repente, tembló la tierra. Como en Nueva Orleans cuando golpeó el Katrina, después del 27 de febrero muchos descubrieron que tanto “progreso” se monta sobre la desigualdad, la pobreza y la explotación, y que ese gobierno “ejemplar” sólo respondió a la tragedia con errores fatales y represión.
Minutos después del sismo, Bachelet aseguró que no habría tsunami. En horas, nomás, el mar barría poblaciones enteras. Se salvaron los pocos que no la oyeron y escaparon a tiempo montaña arriba. ¿La excusa oficial? Las fuerzas armadas, ésas que Chile se enorgullece de haber equipado al nivel de la OTAN(2), calcularon mal...
Pero no sólo de esas muertes es responsable el gobierno chileno. La mayoría de los edificios que se desplomaron, eran parte de programas de vivienda popular, como los PET o las casas “Copeva”, levantadas por grandes emporios de la construcción con financiamiento de bancos privados y del Banco Central, que daba a los trabajadores préstamos a tasas usurarias, pero construían en violación a las reglas antisísmicas. El “ahorro” en materiales causó centenares de muertes.
Sin la menor intervención estatal para distribuirla, mercadería elemental se estropeaba en las góndolas sin electricidad. Las grandes cadenas supermercadistas(3) la remarcaban escandalosamente, o cerraban sus puertas, esperando negociar su precio con el gobierno. Poco tardó la justa reacción popular, con saqueos que pusieron el verdadero rostro de Chile en las pantallas de TV.
Ahí sí fue eficiente la “socialista” Bachelet. Pagó 10 millones de dólares a los pulpos empresariales por una primera entrega de comida y remedios, y movilizó a las fuerzas armadas para reprimir el “pillaje”, mientras EEUU se apresuraba a ofrecer sus marines. No hizo falta. El toque de queda llegó a superar las 16 horas diarias. Más de 11.000 militares ocuparon el sur del país.
Al amparo de los fusiles, crecieron los negocios. Los supermercados cobraron fortunas por sus “pérdidas”. Con el argumento de la “fuerza mayor”, las empresas echaron sin indemnización más de 10.000 trabajadores, 6.000 sólo en la región de Bio Bio. El gobierno anunció ajuste presupuestario, incremento de la presión tributaria y un mayor endeudamiento externo. Los que van a lucrar con la reconstrucción se afilan las garras. Las constructoras e inmobiliarias acosan a los sobrevivientes para comprarles sus terrenos a menos del 25% de su valor original. Las principales aseguradoras y la asociación de bancos anunciaron que serán más caros los créditos hipotecarios, pues será obligatoria la póliza contra sismos. Los cinco grandes bancos del país lanzaron una oferta de créditos de consumo para “enfrentar la catástrofe”.
Así, el terremoto mostró la desigualdad y la miseria, ocultas tras los brillantes números macroeconómicos y dejó ver el rol que juegan los gobiernos, reprimiendo al pueblo en beneficio de sus empresarios aliados, que aprovechan cualquier coyuntura para hacer negocios, porque su único motor es el aumento de sus ganancias.
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NOTAS:
1) Veinte años atrás, Joaquín Lavin, que acaba de ser nombrado Ministro de Educación por el nuevo presidente Piñera, publicó un ensayo que se haría famoso en Chile como una especie de biblia del desarrollo económico. Bajo el clarísimo título “Adiós, América Latina”, Lavin, que supo ser funcionario de la dictadura pinochetista, se recicló como democrático opositor a la Concertación, luego colaboró con reservas con el gobierno de Bachelet y ahora integra el nuevo gabinete conservador, explicaba que Chile debía despedirse de nuestro atrasado continente, y, junto a Australia y los tigres del Sudeste asiático, integrarse plenamente al Primer Mundo.
2) Recordemos que el famoso “arresto” de Pinochet en Londres, en 1998, se produjo en uno de sus viajes a negociar compras de armamento y suministros militares.
3) Cencosud (Jumbo-Santa Isabel), Wal-Mart (Líder), Unimarc y Supermercados del Sur.