El Estado de Israel, enclave del imperialismo yanqui en medio oriente, continúa masacrando a diario al pueblo palestino.
El Estado de Israel llevó adelante recientemente, en el marco del asedio de Palestina, uno de los ejemplos más contundentes de cuál es la naturaleza del imperialismo: el ataque a las embarcaciones que llevaban ayuda humanitaria hacia la Franja de Gaza es muestra del avasallamiento permanente y creciente sobre la vida de los pueblos del mundo, tanto económica como militarmente.
El ataque, por parte unidades de elite del ejército israelí, el cuarto más poderoso del mundo, contra una flotilla internacional compuesta por nueve barcos, en los que viajaban alrededor de 800 activistas que intentaban entregar una carga de 10.000 toneladas de ayuda humanitaria a la Franja de Gaza, dejó un saldo de casi 20 muertos. La brutalidad de la acción se explica teniendo en cuenta no sólo el proceso de más de 60 años de ocupación, sino esencialmente comprendiendo el accionar imperialista, ese del que el Che nos advirtiera que “no se puede confiar ni tantito así. Nada.”
Es ese mismo imperialismo el que mantiene hace muchos años las condiciones de vida insoportables en las que vive el pueblo de Palestina. Específicamente en la Franja de Gaza, una verdadera cárcel a cielo abierto, con sus fronteras enrejadas y militarizadas al máximo, un millón y medio de seres humanos padece a diario la más extrema pobreza: el 70% de la población vive con menos de un dólar diario, el 75% depende de la ayuda humanitaria para sobrevivir y un 60% no tiene acceso al agua potable.
Ésa es la ayuda cuyo acceso EEUU y la ONU bloquean, ahora a la vista de todo el mundo, de la manera más sangrienta, y por fuera incluso de sus mismas reglas de juego (el ataque fue perpetrado en medio de aguas internacionales, y hacia militantes desarmados) asumiendo los costos de una crisis diplomática con estados como el turco, uno de los principales auspiciantes de la flota humanitaria, que jugó hasta hace muy poco como aliado del Estado de Israel. Y pagando además el precio de un alto desprestigio internacional, cristalizándose en masivas movilizaciones de repudio alrededor de todo el planeta.
"En el abordaje los soldados fueron testigos de una resistencia violenta con cuchillos y barras de hierro”. “La responsabilidad de las víctimas es de ellos, de aquellos que atacaron a los soldados israelíes", argumentaron respectivamente el portavoz del ejército israelí, Avi Benayahu y Daniel Ayalon, número dos del ministerio israelí de relaciones exteriores. No faltaron, por supuesto, las acusaciones de “apoyar a organizaciones terroristas” por parte de los asesinos. De esta manera pretenden no solo justificar la masacre, sino principalmente hacer una demostración de su poderío y su determinación a hacerlo efectivo contra todo aquel que pretenda ejercer la solidaridad activa con el pueblo oprimido de Gaza.
Así actúa el imperialismo, y el estado sionista de Israel es, hoy en día, uno de los ejemplos más claros de la prepotencia del gran capital, manteniendo la tortura como legal, bombardeando y ejecutando a la población civil y a dirigentes de la resistencia palestina, destruyendo centros de refugiados de las Naciones Unidas, escuelas, hospitales y los edificios del gobierno (como sucedió durante la operación “Plomo fundido”, en 2008 y 2009).
No sorprende, porque esto es, en última instancia, el imperialismo, pero no deja de causar el más profundo odio por parte de quienes resistimos día tras día a ese mismo imperialismo, en sus más variadas expresiones en todos los rincones del mundo.