EL GOLPE DE ESTADO EN HONDURAS

El Revolucionario Nº49 (Agosto de 2009)

Desde hace ya más de un mes, el pueblo de Honduras vive bajo la bota de un gobierno cívico-militar. Los golpistas, expresión de lo más reaccionario del país, han tomado el poder por la fuerza, para garantizar su propio dominio del estado y los negocios públicos y privados.
En Honduras, el empresariado, la iglesia, los partidos tradicionales, la embajada yanqui, la corte suprema, el ejército y la policía… todos han optado por la vía golpista, con tal de obtener su propia tajada en el reparto del poder. Por supuesto que, en la defensa de sus beneficios, no tienen la menor consideración por el pueblo trabajador, sometido bajo su gobierno a la misma vida de miseria y explotación preexistente, agravada ahora por el endurecimiento represivo que ya se ha cargado al menos seis muertos, cientos de heridos, y también cientos de detenidos y perseguidos políticos.
Lamentablemente, hasta el momento ha sido dificultosa la articulación de una resistencia antigolpista, en gran medida por el freno que significa para el pueblo seguir la iniciativa de un abierto representante de las clases dominantes, como es el presidente depuesto “Mel” Zelaya. En ese sentido, el mes pasado marcábamos “la dificultad, pero también la necesidad de reorganizar la lucha obrera y popular como única posición de fuerza desde la cual se puede enfrentar a los golpistas y su agenda de avance reaccionario. De otra forma, el gobierno dictatorial se sostendrá, o en todo caso acordará su levantamiento con Zelaya a cambio de que éste le asegure la impunidad a los golpistas y les de vía libre para imponer un proyecto abiertamente conservador y pro yanqui de hambre y dependencia para Honduras”(1).
Y lamentablemente, esa ha sido la novela que hemos observado durante todo el mes de julio. Desde el golpe hasta hoy, toda la supuesta agenda “antigolpista” ha estado manejada por Zelaya, miembro de las clases dominantes locales y representante de uno de los partidos tradicionales (el liberal); por las instituciones internacionales, que como la OEA y la ONU representan el acuerdo de la burguesía continental y se someten a las direcciones o presiones de EEUU (de donde salió la denigrante y fallida mediación del costarricense Oscar Arias); y por el mismo gobierno norteamericano, cuyo país ha pasado a ser el centro del escenario de discusión al que apelan los golpistas y Zelaya, como garante de la concordia entre las clases dominantes hondureñas.
Así, el actual golpe en Honduras muestra, por un lado, que las clases dominantes latinoamericanas, como las de cualquier otra latitud, no tienen ningún prurito a la hora de establecer su dominio por la vía más coactiva y directa del golpe de estado, relegando las formalidades de la democracia representativa con las que gobernaban anteriormente. Nada tiene de verdadera la versión dominante en nuestro país, según la cual existe un corte absoluto entre las dictaduras en los ‘70 y las democracias a partir de los ‘80. En realidad, en el continente, las burguesías locales y los EEUU han guiado los más diversos tipos de gobierno y de represión desde los ‘70 hasta ahora para garantizar su dominio: desde los miles de muertos y desaparecidos en toda América Central hasta entrados los años ‘90, hasta los intentos de golpe como el de Venezuela en 2002, pasando por el “autogolpe” de Fujimori en Perú, la cada vez más abierta intervención norteamericana en Colombia y la ocupación militar en Haití.
El golpe en Honduras ejemplifica, también, el perfil de EEUU en la era Obama, cuyo gobierno, por medio de varios de sus funcionarios en la región, se encuentra directamente comprometido con el golpe; se ha negado además a declarar hasta el momento la existencia de un golpe de estado (lo que según su propia legislación lo obligaría a cortar gran parte del flujo de divisas); y, luego de propiciar los acuerdos de Costa Rica que le daban todo tipo de garantías a los golpistas (que fueron aceptados por Zelaya pero no por el gobierno de facto), ha hecho numerosas maniobras para evitar que la resistencia popular crezca y se radicalice, promoviendo formas de dialogo con Zelaya y llamando a evitar el “baño de sangre” y la “guerra civil”.
Y también, este golpe ha mostrado el verdadero perfil de los burgueses que se autoproclaman como caudillos del pueblo más humilde pretendiendo reemplazar la genuina organización popular. En este caso el presidente depuesto “Mel” Zelaya, desde hace ya tiempo convertido al “bolivarianismo”, llamó a la insurrección y prometió que entraría a Honduras, establecería su cuartel general en tierra hondureña, y desde allí daría impulso a la resistencia. Pero al momento de entrar, después de otros intentos fallidos, Zelaya sólo tocó el cartel que decía “Bienvenidos a Honduras”, se sacó fotos para la prensa y se volvió a Nicaragua, por miedo a ser detenido por las FFAA hondureñas. Así, mientras sectores del pueblo seguían el camino de la lucha, y algunos eran apresados, heridos o asesinados, Zelaya, el mismo que los había llamado a levantarse, huía por miedo a su detención, y volvía a mirar hacia Washington, pidiendo la intervención de EEUU para llegar a un acuerdo con los golpistas “en forma pacífica”, que garantizara el abandono de cualquier posible propuesta de mejoras para el pueblo, pero le permitiera salvar su nombre, regresando legalmente, a cambio del compromiso de abandonar enseguida el gobierno.
Por todo ello, también el golpe de Honduras es un ejemplo de que sólo en base a sus propias fuerzas, con su propia organización y su lucha, podrán los pueblos de nuestra América lograr los cambios que permitan una vida digna y plena para el conjunto del pueblo trabajador.
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NOTAS:
1) Ver “Honduras: Golpe de estado cívico-militar”, en ER Nº48, julio de 2009.